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Mundos íntimos. Nací sordo, sé leer los labios. Pero los barbijos han sido mi infierno: nadie los baja para que le entienda

Tenía seis años y hablaba como un robot. Pero eso era, curiosamente, un gran logro: en otra época habría sido sordomudo. Al año y medio de vida, por ejemplo, todavía no percibía ningún sonido. Ni siquiera decía papá ni mamá. Después de algunos estudios médicos dieron el veredicto: no escuchaba nada. Soy sordo. Nunca se supo la causa, pero sin audífonos, no hay palabra o ruido que pueda oír.

Enseguida mis viejos encontraron un colegio especializado en la educación oralizada. Ahí empecé a sentir los ruidos de las vocales e incorporar fonemas, respaldado por el primer audífono que tuve: era de caja y lo sostenía con cables colgados alrededor del cuello. Aprendí también a leer los labios de los demás, fundamental en mi vínculo con el mundo exterior.

De chico. Marcelo Adlerstein en una foto escolar, con un antiguo audífono.

Papá trabajaba de médico y me ayudaba con esa vocación didáctica tan propia de él. Un día llegó a casa con una sonrisa de oreja a oreja: me había conseguido un casete con ruidos de la vida cotidiana. Con el audífono me dejaba envolver por cadenas de inodoros, turbinas de avión, bocinazos de autos. Era mi primer acercamiento al mundo normal. También me preparó un álbum del Mundial de 1978. Recortaba de los diarios los estadios de River o Vélez, por ejemplo, y me los pegaba en una hoja. “Este año se juega el Mundial de fútbol en Argentina”, escribía al costado, en línea con mi proceso de aprendizaje.

Cuando era chico, en mi mundo privado predominaba la imagen del mar: todos los veranos íbamos a Miramar, en unas vacaciones aptas para mi sordera. Mis papás alquilaban un departamento frente a la playa, para tenerme siempre vigilado. Si no nos acompañaban se quedaban todo el día en el balcón, mientras seguían con la vista las excursiones a la arena con mi hermana. Sin embargo, fomentaban que me desenvolviera, ya de chico, en forma autónoma, cruzaba solo la calle que separaba el edificio de la playa. Varias veces iba a veranear acompañado de mi hermana. Ella, por su parte, también ayudó en mi educación, y le interesó tanto que después estudió el Profesorado de Sordos y Perturbados del Lenguaje.

En la secundaria fui a la ORT, donde me recibí de Técnico en Computación no sin inconvenientes. Había veces que los profesores caminaban por toda el aula, de punta a punta, y yo no podía seguir lo que estaban diciendo. Sus labios me quedaban de espaldas, como cuando escribían en el pizarrón y explicaban al mismo tiempo. Pero lo superé y después me anoté en la Universidad para cursar Licenciatura en Sistemas, aunque a los meses la abandoné. Sentí que me había costado demasiado incorporarme al mundo como para trabajar solo frente a una computadora, no quería echar a perder todo lo que había conseguido. Necesitaba interactuar con otros, necesitaba sentirme parte de lo que me rodeaba. Por eso estudié la carrera de Dirección y Organización Institucional.

Playa. A Marcelo Adlerstein el audífono lo acompaña adonde vaya. Aquí con un sobrino nieto.

Tuve muchas décadas de tranquilidad, pero más de treinta años después me reencontré con esa sensación horrible. La cuarentena por el Covid me había aislado de vuelta. Tenía que trabajar solo frente a la notebook para hacer home office, sin la posibilidad de tirarme en el sillón a escuchar Spotify o llamar por teléfono a mis amigos como los oyentes que aprovechaban de esta manera el aislamiento estricto. Los primeros meses, como actividad deportiva, caminaba la casa de punta a punta igual que mis profesores del secundario, en medio de la soledad. Apenas salía de casa una vez por semana para comprar víveres, y me topaba con el maldito barbijo que se transformó en el nuevo obstáculo de mi vida. Como una cortina de hierro, como un muro de tela que acentuaba mi patología y me hacía empezar de cero con la sociedad.

Es cierto que además de los barbijos, estaban las máscaras faciales transparentes que podían aliviar la situación de los sordos… pero muchos modelos no eran eficientes para la Organización Mundial de la Salud en materia de prevención del Covid. Casi nadie las utilizó. Hubo también iniciativas de fundaciones para diseñar otros barbijos transparentes pero terminaban empañándose cuando hablaban dificultando la lectura labial.

Mientras, viví varias situaciones desagradables. En la farmacia, por ejemplo, se negaban a quitarse los cubrebocas a pesar de mi sordera. Yo les explicaba mi condición y ellos se negaban “por las cámaras”. Sentían que podían perder sus trabajos si me hacían ese favor. A veces nos comunicábamos por papelitos, ante la impaciencia de la gente que hacía la fila detrás mío. Detesto comunicarme por papelitos. Yo ni siquiera llevaba birome, porque tampoco aceptaban compartirla conmigo, haciendo la comunicación doblemente tediosa. Hasta que buscaban otra bendita birome perdía mucho tiempo. Y una vez que conseguía lo que quería tenía que repetir la odisea en la caja. “¿Cuánto es?” preguntaba y me respondían con el cubrebocas puesto. Y así cada vez que salía de casa. Era preferible estar en una cárcel que afuera en estos momentos …

En la verdulería se estiraban el barbijo hacia delante, con los dedos como pinzas, pensando que así el sonido saldría mejor y me ayudaría en algo. Pero era inútil. Enfrente tenía una barrera impiadosa, me sentía un extranjero en mi propio barrio. Viví otra situación parecida hace poco en Rapanui. Había ido a comprar chocolates con el padre de mi mejor amigo, un rabino que ya entrará como personaje en esta historia. Necesitaba darme un gusto dulce. Él, que me conoce hace muchísimo, tomaba la precaución de bajarse el barbijo para comunicarse conmigo. Un cliente detrás nuestro, advertido de esta situación, se puso a gritar que éramos unos irresponsables. Mi amigo le explicó mi limitación pero no hubo caso. El tipo seguía ofendido, sin siquiera disimular su desprecio. Si se está ahogando, que se ahogue solo, interpreté que decía. Nos fuimos de la fila y yo sentía un nudo en la garganta. ¿Qué hice para merecer esto?, pensaba.

En junio de 2020 caí enfermo de coronavirus. A los pocos días me internaron por neumonía en la Clínica Los Arcos. Ahí los doctores tenían tres barbijos encima, además de la mascarilla reglamentaria. Y no tuve opción: debí comunicarme con el médico a través los malditos papelitos. “¿Cuándo empezaron los síntomas?” “¿Cómo te sentís cuando tosés?” “¿Dudas que tengas?”. Con las enfermeras el vínculo era por Whatsapp: “Pasame foto del termómetro”, y les enviaba la prueba de mi fiebre.

Estaba aislado físicamente en una habitación, pero también inmerso en el silencio total. No escuchaba ni el ruido de las máquinas, ni el diálogo de los enfermeros, ni nada. Era como estar en estado vegetativo, con el celular como único salvavidas. Incluso… se me enfriaron los ñoquis. Un mediodía estaba antojado de ese plato y lo pedí a la nutricionista. Después de mucho esperar y con la panza vacía, se me dio por preguntar el motivo de la demora. Supe que había llegado en tiempo y forma, y que en realidad estaba servido en la puerta de mi habitación. La orden era no entrar en contacto conmigo por mi virus, pero no se habían percatado de mi sordera. Así debí comer los ñoquis fríos. Todo lo que entraba a nuestro piso lleno de Covid no podía bajo ningún concepto volver a la cocina del hospital. Por suerte logré que después me trajeran otro plato de ñoquis calientes, un pequeño mimo ante estas desagradables circunstancias.

Volví a casa sano y sintiéndome un héroe. Había donado plasma y sobrevivido al virus. Pero a los pocos días me costaba levantarme de la cama. No tenía ganas de ver películas y los noticieros me entristecían muchísimo. Eran todas malas noticias. Para colmo, hubo una ola de contagios en un canal y todos los periodistas de todas las señales empezaron a usar barbijos. La pesadilla era total.

En cuanto a mi trabajo, me dedico a organizar las ceremonias de Bar Mitzvá (como las ceremonias de confirmación pero a los 13 años según el ritual judío), casamientos y demás eventos dentro de la Comunidad Amijai, donde trabajo con el rabino Alejandro. Somos como un cuerpo técnico de fútbol: templo que va él, me lleva a mí. Pero durante la cuarentena los templos, como mi vida, estaban cerrados al público. Y las reuniones de Zoom eran con imágenes pixeladas por mala señal de Internet y sin subtítulos, porque no existía la función. Tenía que hacer un esfuerzo doble para intentar comunicarme. Para colmo, la gente se tomaba a mal las cancelaciones. Querían festejar a toda costa, despreciando el riesgo del virus y en actitud violenta. El agotamiento mental y la soledad de mi casa era un combo demasiado cruel. Hasta que exploté.

Me aislé todavía más y sin ganas de nada. Tampoco pedí ayuda, y creo que ese fue mi error. Lloraba todo el tiempo y reflexiones oscuras cruzaban mi mente. Hasta pensé en tirarme en las vías del tren para terminar con todo.

En una reunión de Zoom de las que ya estaba harto, mi tía notó algo raro.

-No te veo bien –leí en sus labios.

-No estoy bien –respondí.

Me largué a llorar y ella, desde Israel, me insistió en la necesidad de buscar y aceptar ayuda.

Mientras tanto, el rabino Alejandro, enterado de mi situación, me había abierto las puertas de su casa para vivir con él, su esposa y sus tres hijos. Al principio me negaba a compartir almuerzos o cenas en conjunto para seguir tirado en la cama y bajaba al living solo, pero poco a poco me fui incorporando a la dinámica familiar. Y la angustia, por un rato, desaparecía.

Recuerdo una interesante charla con la esposa del rabino, también psicóloga. “Si te duele la panza tomás un remedio. Si tenés depresión, también”, dijo, y me convenció después de mucho insistir. Me considero una persona positiva, pero en ese momento sentí que la situación me superaba. Una aplanadora había arrasado con mi vida social. No podía juntarme con mis amigos ni mi familia y, además, vi el costado más oscuro del resto de las personas. La sociedad me enfermó. Y ese factor externo me llevó a la depresión más profunda de mi vida. ¿Por qué la gente era tan egoísta, tan indiferente conmigo? ¿Por qué tenían tan poca voluntad para bajarse el barbijo y lograr una comunicación civilizada? Tomé las pastillas durante un año, mientras con la terapeuta nos reuníamos virtualmente por Google Meet, que ya había desarrollado unos subtítulos bastante eficientes haciendo más productivas las sesiones de terapia.

Arranqué con tres sesiones semanales con una terapeuta que ya me conocía de años anteriores. Ante la gravedad de mi cuadro emocional, recomendó licencia total pero Alejandro se negó rotundamente. Pensaba que si no trabajaba me iba a deprimir aún más. Sí me redujo las tareas en mi trabajo, lo que me ayudó a recuperarme y sentirme útil al mismo tiempo. Ya no tenía que hacer esos Zooms humillantes, ahora solo me dedicaba al papelerío y demás asuntos administrativos que mis ojos podían resolver sin esfuerzo extra. Además mis amigos de la comunidad religiosa, feligreses y compañeros del colegio secundario me dedicaron un video muy emocionante, donde cada uno se sacaba los barbijos y me decían palabras de aliento. “Todos somos sordos de algo. Y lo que nos salva es vivir en comunidad. Marcelito, tus seres queridos somos tu comunidad” era el mensaje final del video.

Si tuviera audición plena, lo que más me gustaría sería escuchar secretos al oído. Recuerdo de una anécdota que me conmueve todavía: mi sobrinita Noa me quería susurrar algo en mi oído y, al ver mi falta de reacción inclusive pidiéndole que me hablara frente a frente, se puso a llorar. Pensaba que mi sordera era una barrera emocional y no física. También me gustaría identificar canciones, melodías, chistes para reírme mejor.

Ahora hago terapia una sola vez por semana. Ya no me siento como un leproso donde todo el mundo me cierra las puertas. Pero tengo el deseo firme de que se eliminen para siempre los barbijos. Los sordos no los aguantamos más.

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Marcelo Adlerstein. Ama usar audífono para reconocer ruidos y voces, como antídoto para enfrentar su hipoacusia severa. Tiene sentido del humor, suele divertirse y divertir a los demás. Es también muy sensible y, aunque parezca mentira, presta oído a sus amigos para lo que sea necesario. Participó en diversos momentos refiriéndose a la problemática de la sordera junto a los doctores René Favaloro y Mario Socolinsky en sus respectivos programas televisivos. Disfruta muchísimo estar con sus sobrinos y ahijados, es fanático de los viajes y de la Fanta Naranja. Es muy sociable más allá de su limitación auditiva.

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