El viejo de las vías: fue maquinista de tren durante tres décadas, se jubiló y fabricó una locomotora a escala

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Bien al noroeste de la geografía ondulada de Entre Ríos, en La Paz, donde el río Paraná y las aguas termales sugieren una escala a los visitantes que transitan la ruta 12, el silbato del tren dejó de escucharse hace más de medio siglo. Aquella vez, conducida con rigurosa puntualidad por Alberto “Polo” Santini, la locomotora del ramal U-13 completaba su viaje final sin preaviso.

A partir de la clausura -decretada en 1968, durante el gobierno de facto del general Onganía- empezó a sobrevolar la idea del éxodo para cada uno de los lapacenses. La imagen borrosa del tren quedó relegada en la memoria colectiva, para emerger imprecisa entre los recuerdos de los más veteranos.

Pero aquel legendario maquinista, que se abría paso hasta el andén a puro bocinazo, nunca perdió la fe en el reestablecimiento del ramal La Paz-San Jaime o Curuzú Cuatiá ni dejó de entrever un futuro mejor.

“Polo” con la locomotora a escala que construyó en su taller.

Después de cumplir tres décadas de servicio, Santini se jubiló a los 55 años, aunque esa condición no fue un escollo para que siguiera ligado a su pasión. Ahora, cuando transita los 91 y avanza sin apuro hacia los 92, se mantiene activo aplicando en el ferromodelismo su larga experiencia y se plantea nuevos objetivos, una proyección a largo plazo que -indefectiblemente- lo devuelve a la cabina de la locomotora.

“Una trocha de 40 centímetros, la réplica a escala de una locomotora americana Baldwin -con todas las partes originales-, el tender de agua y combustible que va enganchado a la máquina a vapor, los inyectores de la locomotora, una zorra a bomba y una caldera a vapor”, enumera Santini y cada una de esas piezas sueltas de colección, que moldeó con sus manos y atesora en su casa, sale a escena, enmarcada por la atmósfera lúgubre de su taller.

Haciendo memoria

Santini fija la vista en el edificio principal de la estación, que ahora alberga un almacén, y, por un momento, desvía la mirada hacia el Taller Municipal, donde funcionaba el galpón de cargas del ferrocarril. Acude a esas referencias -ubicadas a menos de una cuadra de su vivienda- para revivir con mayor nitidez sus recuerdos, como una fuente de inspiración que lo deposita en un instante en sus primeros pasos como ferroviario.

No para. Santini trabajando en el vagón de madera de roble, réplica de un coche inglés de 1934, una de sus creaciones-

“El tren es parte inseparable de mi vida desde mi niñez. En esa época observaba con atención las tareas que cumplía mi abuelo italiano, que era capataz de vía y obra en Puigari, donde nací. Después, mi padre cumplió la misma función y yo sabía acompañarlo cada vez que salía a reparar la vía con una cuadrilla de 15 peones a su cargo. De Puigari nos trasladaron a la estación Emilio Ceni y, en 1938, a Feliciano, hasta que en 1940 nos instalamos en La Paz”, comparte Santini el primer tramo de su extenso periplo.

La tarde calurosa se diluye en La Paz entre los agudos trinos de los pájaros y largos silencios. Santini quiebra esa entrañable atmósfera de pago chico con el sonido del silbato de cobre y oro de una locomotora, capaz de hacerse oír a 15 kilómetros a la redonda. La imaginación se dispara y, por un momento, pareciera que el tren anuncia su regreso a través de ese pitido desproporcionado.

Todas las piezas que Santini cuida con celo funcionan y esperan recuperar su lugar de origen, desde los tres cargadores de batería aéreos de 3 voltios hasta una linterna, una jabonera, el reglamento del Ferrocarril y un itinerario de trenes prolijamente guardados en una valija de chapa galvanizada, un sol de noche de bronce, faroles de cambistas y guardas y, quizás, la más lograda obra del empleado que nunca se retiró del todo: un vagón de madera de roble, la soberbia recreación en miniatura de un vagón inglés de 1834.

“Me decidí desde niño a seguir los pasos de mi abuelo y mi padre. A los 17 años fui admitido en Ferrocarriles del Estado como encargado de la Oficina de Cargas, en el galpón de la estación. Luego, para pasar a ser aspirante a maquinista tuve que aceptar que me redujeran el sueldo de más de 600 pesos mensuales a 400 pesos”, señala sin un mínimo esbozo de lamento.

Maquinista con credencial

Es que la rebaja en sus ingresos mensuales no hizo mella en el ánimo del entonces novato empleado ferroviario. Por el contrario fue el gran espaldarazo que esperaba: en 1959, la Secretaría de Transporte le extendió un “Certificado de Idoneidad a Alberto René Santini como maquinista conductor de locomotoras a vapor del Ferrocarril Urquiza”. Cinco años más tarde fue autorizado también a conducir las máquinas diésel eléctricas.

Carnet de maquinista conductor de locomotoras a vapor de Alberto Santini, emitido en 1959 por la Secretaría de Transporte.

Fue el disparador para que Santini empezara a desandar las páginas centrales de su propia historia de ferroviario. Cuesta imaginar décadas atrás a este hombre de aspecto frágil, sonrisa franca y ademanes delicados, conduciendo en la soledad del paisaje de lomadas una mole de acero que acarreaba de 30 a 40 vagones con 30 toneladas de carga cada uno, coches de pasajeros de Primera y Segunda clase y un furgón postal.

“A mí no me sorprende la voluntad de seguir adelante y la perseverancia que muestra aún hoy. Él siempre siguió ligado al tren, nunca se quedó quieto y tuvo tiempo para enseñarme a ser metódica y muy ordenada, fiel a su estilo”, lo retrata Nancy Santini.

La única hija de Polo y Juanita -docente jubilada y esposa del prócer de los rieles desde hace 64 años- rememora los lejanos días de gloria en que esperaba en la estación la llegada de su padre a bordo de la locomotora. Una vez que distinguía la estela de vapor en el horizonte atravesaba a las corridas el molinete de madera, lista para subir por un rato a esa ruidosa máquina que no dejaba de despedir bocanadas de aire caliente. “Esperaba ansiosa junto al carro de Roque Miño, a quien le era entregada la correspondencia traída por el tren para ser repartida en La Paz”, agrega Nancy Santini con un dejo de nostalgia.

Tras el comentario de la hija brotan otros momentos del pasado del padre. Repentinamente, el hablar pausado de Santini se acelera lo suficiente como para poder cumplir con un compromiso que considera imposible de soslayar.

A Santini lo esperan los empleados del Taller Municipal, ávidos por escuchar a ese hombre de pasado ilustre y presente íntegro, que los deja demudados cada vez que les comparte pasajes de su experiencia ferroviaria.

Le piden que vuelva a contarles, una y otra vez, de qué se trataba esa esforzada misión de echar agua al carbón durante todo el viaje en la locomotora a vapor, la fascinante aventura de conducir El Gran Capitán hasta Corrientes o Posadas, los nuevos horizontes que descubrió en el trayecto en dirección sur hasta Federico Lacroze o las sensaciones que le deparó el último o viaje que le tocó hacer, desde Gualeguay hasta Enrique Carbó, cuando su jubilación ya era cosa juzgada.

Abogado frustrado

“Al principio, yo quería ser abogado, para defender a gente pobre, no rica ni malandra. Pero no podía estudiar porque andaba todo el tiempo en el tren”, suele arrancar el jugoso relato de Santini, que indefectiblemente se quiebra al hacer foco en el masivo cierre de los ramales, en los años ’90.

Alberto “Polo” Santini junto a su hija Nancy y su esposa Juanita, en su casa de La Paz, Entre Ríos.

Por el contrario, el tramo final no se detiene en la pena a flor de piel por el patrimonio condenado a desguace. Lejos de eso, Santini prefiere sostenerse en sus creaciones y un optimismo a prueba de golpes. Antes de despedirse, como al pasar, anuncia su inminente viaje a Buenos Aires, convocado para conducir un tren histórico que llevará a un grupo de turistas alemanes desde Villa Lynch hasta Villaguay.

Hace rato que la tarde de La Paz se extinguió. En el manto oscuro del cielo se cuela el destello de la luna llena, de la que se desprende un fulgor potente que dispara brillos hacia el barrio de la estación.

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