Día de las Personas con Discapacidad: Jean Maggi, de no caminar a subir el Himalaya en bicicleta y un sueño espacial

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“El problema era que no me gustaba lo que veía en el espejo, me miraba y no me gustaba, no me aceptaba, ¿entendés? Era un tema de aceptación“, intenta explicarse Juan Ignacio Maggi, cordobés, 59 años, especialista en informática, que tuvo poliomielitis, sufrió las consecuencias más de la mitad de su vida, hasta que un infarto masivo a los 37… le salvó la vida. Paradojas del destino, cuando estaba más cerca de allá que de acá comprendió que en un abrir y cerrar de ojos lo podía perder todo. “Y era un montón lo que perdería”, dice Jean, como todo el mundo lo conoce.

La infancia y adolescencia de Jean fueron durísimas porque desde el año de vida quedó impedido de caminar. “Me dieron una vacuna para contrarrestar la polio y resulta que me la terminé contagiando. Primero me habían dado la Salk y luego la Sabin y por lo que averigüé de la Sabin 1 de cada dos millones de vacunas viene fallada… Bueno, me tocó. Fue una desgracia, un accidente, a alguien le iba a pasar y fue a mí. Pero nunca sentí rencor hacia las vacunas, al contrario, estoy a favor”.

Desde los 5 hasta los 17 años, por recomendación médica, todos los inviernos –para perder la menor cantidad de clases posible– pasaba por el quirófano, le quebraban las piernas y se las enyesaban para que les crezcan derechas y alineadas. “Mirá que visión tuvo mi médico en la década del ’60: él pensó que si en 50 años aparecía algún desarrollo científico que me permitiera estar de pie y caminar, con las piernas derechas y alineadas lo iba a poder hacer. De no haber hecho ese sacrificio, hoy no podría estar caminando con la tecnología biónica como lo estoy haciendo desde hace 9 años”.

La recuerda como una etapa oscura y dolorosa, Jean. “Me acuerdo de mi mamá, sacrificada, abnegada, que sonreía conmigo de compromiso, pero yo la miraba y sus ojos estaban tristes, muy tristes. Y papá era un duro, él era estricto, no dejaba que me ayudaran si me caía con mis muletas, al contrario, me decía: ‘vos podés solo, ¡levantate, levantate!’. En ese momento era jodido, yo no lo entendía pero con los años comprendí y su rudeza a mí me curtió para salir al mundo. De alguna manera, papá era un negador, él tampoco quería aceptar que su hijo era discapacitado“.

Jean Maggi, en muletas, junto a su hermano, en el puerto de Mar del Plata, a fines de la década del sesenta.

Mil vidas tuvo Jean, siempre acompañado por bastones canadienses, silla de ruedas y desde hace 9 años por una tecnología biónica –prótesis que sostiene la pierna y le da movimiento– que le brinda cierta independencia. “Nunca estuve tan fuerte, superado y con la estima tan alto como en la actualidad”, desliza este titán que tuvo “la ocurrencia de aprender a caminar a los 50 años”.

No habla de felicidad, quizás no crea en ella, tampoco le gusta la palabra resiliencia, mucho menos inclusión. “Mi pasado, que fue tan jodido conmigo, me visita todos los días y yo puedo decir que, en parte, lo he vencido. Y… ¿qué es esto de inclusión, de ser incluido? Me suena a favor, a lástima, a ‘vení, pobrecito, que te doy una oportunidad’. Basta del estigma del ‘pobrecito’ que me acompañó muchos años… Conmigo no va eso, a mi dejame la convivencia, sí, esa me gusta: con-vi-ven-cia“.

Informático de profesión, Jean tuvo con qué respaldar su discapacidad. Pasó las de Caín, es cierto, peleó como un gladiador, se esforzó y redobló trabajo y entrenamiento para tener “una vida menos indigna” y pudo escalar ese peldaño porque tenía cómo afrontar los gastos. Desde el infarto en el año 2000 hasta hoy, Jean no sólo se mueve por sus propios medios, con la ayuda de tecnología biónica, sino que se transformó en un avezado deportista que con su bicicleta adaptada ha corrido maratones, competido en Ironman, cruzado Los Andes y escalado el Himalaya.

Jean Maggi entrenando con su mujer Victoria Milano, quien en el año 2000 le había pedido a su marido “cambiar de vida”.

“Yo me había casado con una mujer hermosa y persona sensacional (Victoria Milano), tenía hijos increíbles, pero no sabía ver todo eso, me estaba boicoteando, haciéndome bosta a mí y a lo que estaba a mi alrededor. Quizás por mi egoísmo, me miraba yo primero y lo que veía me deprimía y me cagaba en todo el mundo. Y jodía a todo el mundo, porque la mayoría de las cagadas que me mandaba venían de la no aceptación de mi discapacidad”.

“¿Cómo? Destruyendo mi vida, mi cuerpo. Chupaba whisky, vino, cerveza, fumaba dos atados de cigarrillos por día, me alimentaba pésimo, estaba 20 kilos arriba, que para un discapacitado es un montón, y estaba intratable… Claramente me despreciaba y no me importaba, había entrado 14 veces a terapia intensiva y siempre zafaba. Pero con el tiempo logré entender a mi mujer y a mis hijos, ¡había que vivir conmigo, era insoportable!”.

Crisis y revolución

El 7 de julio, Jean recibió un llamado en su oficina de Victoria, su mujer: “Jean, hoy tenemos que hablar. Esto así no puede seguir”. Cuando Jean llegó a su casa, lo esperaba Victoria, pero no pudieron hablar ni una palabra. Un infarto masivo cambió los planes.

Jean Maggi toca el cielo del Himalaya. En 2015 se desafió llegar al punto más alto del planeta adonde se puede llegar en bicicleta y lo logró tras 11 días de esfuerzo.

“Fue un shock el viaje en ambulancia, mi cabeza que no paraba, y los médicos haciendo lo imposible por salvarme. Amparito, mi hija que cumplía su primer año, pensé que esta vez no la contaba, pero tuve una nueva oportunidad y decidí tomarla. Me pusieron dos stents y cuando salí del quirófano, en un pasillo la vi a Victoria. Ella me miró, nos dijimos todo sin decir palabra”.

Vuelta de página y arrancar desde cero. “Tenés que hacer actividad aeróbica sí o sí, o la próxima despedite”, fue la orden médica. Y esta vez Jean dio un volantazo. Victoria advirtió el cambio de mentalidad de su marido, que no vacila: “Si no hubiera tenido ese infarto, estoy convencido que habría perdido a toda mi familia”, dice este padre de cuatro hijas y un varón (los dos mayores, de una pareja anterior). Actividad física, boxeo, golf, tenis, comida saludable, hasta que un entrenador le habló de unas bicicletas adaptadas que había visto en Nueva York.

Al mes Jean se había hecho traer uno de esos modelos, sin imaginar que sería un punto de inflexión en su vida. “La bicicleta liberó a mi cabeza, que había sido tomada de rehén por mi cuerpo durante casi cuarenta años. Me di cuenta de que podía moverme por mis propios medios y cuando pedaleaba me sentía un superhéroe, la bici era la capa que me permitía volar”. Empezó a entrenar todos los días y ese amor por pedalear se convirtió en pasión. Una pasión que empezó a superar los límites de la fuerza de voluntad.

​”Con lo que me pasó al año de vida, con las operaciones que tuve, los dolores, la discriminación y la antidiscriminación, mi vida estaba marcada para que el deporte ni si quiera me rozara, pero pude torcer la historia contra todos los pronósticos, gracias a la mentalidad. Y ahí le doy crédito a mi viejo, Juan Carlos, Coki, que tiene 85 años… Sin esa disciplina ni rigidez que él me impuso, yo no sería quién soy, especialmente en el plano deportivo”.

Jean Maggi, en su bici adaptada, junto a Diego Torres, quien asombrado por su historia le compuso el tema “Hoy”.

Una carrera mundial

En 2003 Jean viajó a Nueva York, donde tuvo su bautismo con su bicicleta adaptada (hand-bike) en el maratón de 42 kilómetros que hizo en 2 horas, 29 minutos. Luego se animó a más y fue a Barcelona y después a Roma “adonde me di el gustazo de llevar a Nelia, mi mamá, que estaba feliz por cómo yo había evolucionado. Por suerte me pudo ver bien, contento, después de tanto hacer y sufrir por mí y no encontrar devolución. Gracias a Dios la vieja se fue en 2005, pero se fue con un poco de paz”.

“Es un titán”, dice Diego Torres, que compuso el tema “Hoy” para Jean. “Quiero ser, creer, buscar, volver a empezar una vez más/Sentir que todo ha cambiado, dejando atrás el pasado/Puedo ir, seguir, luchar por un sueño y ser feliz/Llegar dónde nadie ha llegado, llevando el presente a mi lado/Aunque nos duela, la vida es buena/Ser tu mismo es tu bandera, no dejes de vivir a tu manera”, dice un fragmento que moviliza al rocoso Maggi.

Hace un par de semanas Jean Maggi estuvo en Nueva York, donde compitió del maratón de 42 kilómetros, que en su bici adaptada hizo en 2 horas, 29 minutos.

“Llegar dónde nadie ha llegado”, escribió Torres. Y Jean llegó a un lugar insondable, que ni el más optimista de sus amigos hubiera imaginado. En 2015 trepó al punto más alto del planeta al que se puede ir en bicicleta: los 5.602 metros del Himalaya. “Fueron once días, 480 kilómetros para los que me preparé como nunca: hice 2.500 kms en 109 días, además de gimnasio y natación. Fue una experiencia sublime, pero el último tramo pensé que no lo podría terminar, faltaban 20 kilómetros, pero viste cuando decís ‘listo, hasta aquí llegué’. Pero me quedaba una bala en el cartucho”.

Uno de los entrenadores que lo acompañó trató de darle el último envión, con mucha diplomacia, porque Jean estaba que se lo llevaban los demonios. “No podía entender cómo había llegado hasta tan alto y me resultaba imposible moverme, pero el aire, la altura, el calor agobiante y un cuerpo golpeado como el mío… qué querés. Igual dije: ‘pruebo y veo qué pasa’. Y sueño cumplido”. Es conmovedor ver la llegada al punto más elevado, con Jean entre lágrimas abrazado a la bandera argentina”.

En Netflix se puede ver “El límite infinito”, documental producido por Juan José Campanella, que describe la vida vertiginosa de Jean Maggi. “En estos últimos veinte años viajé por 28 países gracias a la actividad deportiva. Es increíble, descubrí lo que me apasiona viajar”. Después de la inolvidable ascensión al Himalaya, echó a rodar una idea que venía meloneando en medio de la montaña. “Crear una fundación para que personas como yo pudieran tener las mismas oportunidades. Era el momento de dejar el ego de lado y pensar en el otro aprovechando mi cuarto de hora de fama”.

“Estoy ansioso por ver la cara de los chicos esperando recibir sus bicicletas”, confiesa Jean Maggi.

Jean Maggi empezaba a estar en boca de las empresas para escucharlo en charlas motivacionales. “¿Cuánto cobrás Jean?”. Jamás había hablado en público, no conocía cuál era su cachet ni tampoco lo necesitaba. “Voy pero a cambio tenés que comprar una bicicleta adaptada y donarla”. Esa ocurrencia tímida, al pasar, cobró un volumen impensado. Se sucedieron las invitaciones y Jean, según la empresa, pedía 5 bicicletas, 10, 20, 50. “Hagan lo difícil e intenten lo imposible”, era la frase con que se despedía en cada una de sus alocuciones y se convirtió en una suerte de leit motiv.

Las bicicletas las fabricaba un particular que, en un momento, ante la demanda in crescendo, no dio abasto, por lo que Jean, convencido, le dijo a su mujer Victoria: “Tenemos que hacer nosotros las bicicletas”. Y como no existen las negativas en el camino del cordobés, “encontré a través de la fundación (fundacionjeanmaggi.org) la manera de fabricar las bicicletas adaptadas en un galpón, con materiales donados, y dándole trabajo a jóvenes con alguna discapacidad”.

Este viernes, Día Internacional de las Personas con Discapacidad, Jean entregará en el estadio Mario Kempes, de Córdoba, 1.000 bicicletas adaptadas para chicos de todo el país con alguna discapacidad. “Intento llevar la discapacidad a otro plano, moverla, quiero ayudar a los chicos y decirles que hay vida detrás de los problemas físicos, que no hace falta llegar a un infarto como me pasó a mí. Estoy ansioso por ver las caritas de esos nenes”.

Jean Maggi (59) donará este viernes 1.000 bicicletas adaptadas a personas discapacitadas de todo el país. “La bici salva a la cabeza de estar preso del cuerpo”.

Maratones, Ironman, ascenso al Himalaya, cruce de la Cordillera de los Andes, tenis, golf, caballos… ¿y ahora? “Estoy entrenando para ir al espacio, será un vuelo suborbital, a 85 kilómetros de la Tierra, durante unos pocos minutos y no significará más que algo simbólico, que es llevar la discapacidad al espacio. El certificado de astronauta civil ya lo tengo desde abril”, baja el telón, como si nada.

MG

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