Mundos íntimos. A los 8 años perdí la memoria por unos días. ¿Mecanismo de defensa? Justo mis padres se estaban separando

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Estaba en la escuela, en un recreo, en el patio del piso de arriba. Jugaba con un amiguito a escupir a través de una ventana. Escupía él, escupía yo, escupía él, escupía yo. En el piso de abajo había otros chicos. Para escupirlos teníamos que saltar, el borde de la ventana era más alto que nosotros. Era mi turno: salté, pero no llegué a escupir porque mi maestra apareció para cerrar la ventana, de repente. Me pegó o me pegué con el marco en la cabeza. Quedé tirado en el piso. Desmayado.

Yo tenía ocho años. En esos días (la noche anterior, la semana anterior) mis papás me habían dicho que se iban a separar. No me acuerdo de eso.

Me desperté del desmayo en la enfermería de la escuela. Un cuartito feo, sin nada especial como para ser una enfermería, pero tenía el cartel de “Enfermería”, y esa luz blanca de los hospitales. Se supone que estuve desmayado durante un poco más de un minuto. Ya habían llamado a mis papás. La maestra me sostenía el pelo con una mano, me acariciaba la espalda con la otra. La enfermera me ponía la gotita. Estaba mi amiguito, mirando lo que hacían con mi cabeza. Yo me acordaba que hacía un rato habíamos estado escupiendo por la ventana. Pero no me acordaba del golpe. No me acordaba del nombre de mi amiguito. No dije nada. Me puse a llorar.

De niño. En un juego “non sancto”, Bruno Petroni escupía desde la ventana de la escuela. Una maestra la cerró y se produjo el fuerte impacto.

Cuando llegó mi mamá, todavía seguía llorando. Llorar en la escuela y que los otros te miraran era horrible, pero peor fue mirar a todos y no recordar el nombre de ninguno. Mi mamá estaba tranquila, pero la intentaron tranquilizar. Del nombre de mi mamá sí me acordaba. Fue un golpe nada más, le dijeron. Eso era obvio para ella. No sé por qué mi mamá tenía esa seguridad de que su hijo no podía morirse en un accidente ridículo, que es obvio que los niños se golpean, se les pone pegamento en la cabeza o donde sea y todo está bien. Recién cuando salimos para el hospital (a mi mamá le parecía innecesario), le dije que no me acordaba el nombre de mis compañeros.

Ahí tengo un bache. Después, mi papá aparece en el recuerdo. Él era el que estaba conmigo esperando para entrar al consultorio. Me acuerdo de que todo el tiempo me preguntaba: “¿Tenés sueño?”, y después, aunque yo le dijera que no tenía sueño, me decía: “No te duermas”. Según mi madre, ella también estaba ahí, en ningún momento se había ido a tomar un café, o a dar una vuelta mientras su hijo “estaba grogui”. Yo creo que mis padres estaban en un momento demasiado complicado, que no podían pasar ni diez minutos juntos, y que mi madre se fue a tomar un café. En definitiva, ellos se estaban divorciando y yo no me estaba muriendo. Mi padre no se acuerda de “esos detalles”, pero está totalmente seguro de que el médico era bizco y muy eficaz.

Según la tomografía, yo no tenía nada. Ninguna conmoción cerebral. Había sido solamente un golpe. Según mi madre, el médico (no sabe ni le importa si era bizco, pero sabe que no era eficaz) sugirió que yo estaba llamando la atención (se supone que ella se enojó, discutió con el médico. No me acuerdo de eso). Hace treinta años que, cada tanto, estoy seguro de tener algún tipo de cáncer, o siento que el oxígeno no me entra al inhalar, o se queda por la mitad del recorrido, o que tengo algún tipo de falla cerebral, Alzheimer. Alguien podría decir que son todos llamados de atención. Probablemente sea verdad. Pero también es verdad lo que siento, o pienso que siento, o siento que tengo. Quizás haya gente que muere para llamar la atención, pero en definitiva se muere.

Cuando volvimos a casa no me acordaba cuál era nuestro número de teléfono. Tampoco me acordaba quién me había regalado mi lata de soldaditos (con la que se supone que me encantaba jugar), no me acordaba dónde estaban guardadas mis remeras, no me acordaba de qué trabajaba mi papá.

Mis padres en esta escena sí están juntos: me sentaron en la cocina y me hicieron un cuestionario random, a ver qué me acordaba, qué no. A mi papá algunas fallas de mi memoria lo indignaban: ¿cómo podía no acordarme el teléfono de mi casa, pero sí la dirección de la casa de mi abuela? ¿Cómo podía no acordarme dónde estaba guardada mi ropa, pero sí cuáles eran las cinco figuritas que me faltaban en el álbum de fútbol? Se indignaba, pero me creía. Para él era (y es) ridícula la idea de que yo estaba llamando la atención. Mi mamá se indignaba con mi papá cuando él se indignaba conmigo. Al final terminaron discutiendo. La última pregunta del cuestionario fue: “¿Te acordás que mamá y papá se están separando?”.

No me acordaba. Para nada. Mis padres tuvieron que repetir una escena que habíamos vivido hacía poco. Se supone que lloré dos veces por lo mismo. Las dos veces pregunté por qué, pregunté de quién era la culpa, amenacé con no vivir con ninguno de los dos, prefería vivir con mi abuela. Hasta el día de hoy, para mí, esto sólo pasó una vez.

Falté a la escuela durante una semana, diez días. La memoria, de a poco, fue reapareciendo. El recuerdo de un cumpleaños me trajo el recuerdo de todos los nombres de mis compañeritos. Me acordé del teléfono de mi casa (o lo volví a aprender), y todavía me lo acuerdo aunque hace veinticinco años que ya no vivo ahí (tampoco mis padres). Me acordé a qué hora pasaban cada uno de los dibujitos que pasaban por Nickelodeon. No sé si podía distinguir entre lo que recordaba y me había olvidado, y lo que nunca me había olvidado. No creo. No sé si alguien puede distinguir eso, en general. Pero me acuerdo de la sensación: recordaba algo, me ponía eufórico, iba a decirles a mis papás que me había acordado de tal cosa, mis papás nunca estaban juntos, entonces me acordaba de que se estaban separando, se me pasaba la euforia.

Cuando volví a la escuela, ya me acordaba de todo. No le dije a nadie lo que me había pasado (la maestra sabía, me preguntaba todo el tiempo si estaba bien). Sí le dije a Alejandro, uno de mis amiguitos, que mis papás se estaban separando. Sus papás se habían separado el año anterior o el anterior. Me dijo: “Seguro que te van a regalar un Sega”.

Mis padres se separaron definitivamente. Me regalaron un Sega. Los padres de casi todos se separaron definitivamente. No me había pasado nada excepcional, no pensé más en mi pérdida de la memoria durante años.

Terminé la primaria, el secundario, empecé la facultad. Un día estaba en una clase de literatura latinoamericana, un compañero me preguntó qué me había sacado en el parcial. No me acordaba. Nos habían dado la nota la clase anterior. Hacía menos de una semana. Me quedé pensando y pensando, a mi compañero ya no le importaba qué me había sacado, pero yo no podía entender cómo me había olvidado de algo tan reciente. Era imposible que me olvidara qué me había sacado en el parcial. De repente me faltó el aire, se me aceleró el corazón, de repente sentí que me moría. Terminé en una guardia, me dieron un ansiolítico.

-Las cosas no pasan de repente-, me dijo, unos días después, el psicólogo al que me había derivado la obra social.

-Hay gente que se muere de repente. Muerte súbita-, le respondí.

Me miró y se quedó callado como diciéndome: “¿Para eso viniste?”. Me molestó. Nunca había ido al psicólogo porque suponía que te hacían sentir así, un tarado. Me quedé callado también, pero él me siguió mirando hasta que no soporté el silencio (o sentirme un tarado) y le conté que, de repente, cuando era chico, por un golpe había perdido la memoria.

A partir de ahí, hubo años de terapia. Hubo algunas conclusiones, más o menos interesantes. Era innegable que yo era (y soy) incapaz de enfrentar el dolor de manera racional, como un ser humano. Era innegable que yo enfrentaba (y enfrento) el dolor con el cuerpo: transpiro, tengo taquicardia, me baja la presión. Quizás, haber perdido la memoria cuando era chico fue una especie de mecanismo de defensa. Es lo más probable. Incluso, en ese caso, entiendo de qué me estaba defendiendo. Pero ¿de qué me defendía en esa clase, años después? ¿Qué pienso cada vez que, de repente, me empieza a faltar el aire en el subte o siento que tengo algo raro en la mano o que tengo un tumor mortal y solo puedo pensar en eso? ¿De qué me estoy olvidando?

El año pasado conocí a una persona que, años atrás, había vivido la siguiente situación: esperaba el colectivo para volver de la facultad, el colectivo llegaba, ella se levantaba del piso, todas las cosas de su cartera estaban desparramadas. Deduce que el colectivo la chocó (apenas, despacio), o que cuando estaba subiendo se cayó hacia atrás. El colectivo se fue, por las dudas. No había nadie alrededor, no hay testigos. Un médico le dijo que esa partícula de memoria, por el golpe, se borró. Es irrecuperable. Esa persona estaba obsesionada con ese espacio en blanco. No le interesaba saber qué había pasado realmente. Si el colectivero tal cosa, o si ella tal cosa. No era una cuestión de culpas o explicaciones. Le interesaba el recuerdo del momento en sí.

No es exactamente lo mismo, pero comparto la obsesión por recuperar eso que mi cabeza decidió y decide borrar, de vez en cuando. Tengo la sensación de que ahí hay una especie de contraseña, una especie de verdad. O, al menos, algo más verdadero que perder la memoria de repente, como un personaje de una telenovela.

Hace un tiempo se suicidó Robin Williams. Mi novia me dijo que se había ahorcado, como quien dice “mañana llueve”. A mí también me importaba más el clima del día siguiente que el suicidio de un actor de Hollywood. Me fui a bañar. En la ducha, sentí que tenía algo raro en el pecho. Como si lo tuviera más salido para afuera (no sé qué quiere decir tener el pecho para afuera, pero pensé eso). Me empezó a faltar el aire, etcétera. No sé qué me pasó. Tengo que haber pensado algo antes de empezar a sentir cosas raras, pero no sé qué. Algo se me perdió en el medio, algo me olvidé. Supongo que alguna conexión entre ese suicidio y yo. No conozco suicidas, si no sería fácil de reponer. Nunca tuve ningún pensamiento suicida.

Estoy lleno de espacios en blanco, espacios que lleno con enfermedades que no existen, con falta de aire. Lleno con vacío el vacío. Dos citas me vienen a la cabeza. Arbitrarias. Dos citas que, probablemente, no expliquen lo que me pasa, pero que explican más que “tener el pecho salido para afuera”. Una es de Octavio Paz, del poema “Silencio”, dice: “se desvanece el grito/desembocamos al silencio/en donde los silencios enmudecen”. La otra es del narrador de “El niño proletario”, el cuento de Osvaldo Lamborghini. Dice: “Era un espacio en blanco aquel que se extendía para mi crujir”.

Todavía soy joven, pero no tanto. Ya pienso en lo que va a ser la vejez. Que me duela cada vez más todo, olvidarme cada vez más de todo. Que vayan solo quedando algunos detalles, muchas veces inconexos. O sin verdadera importancia (como los que desesperaban a mi padre).

Vivir obsesionado por los espacios en blanco. Intentar desesperadamente recordarme: en unas vacaciones cuando era chico, o junto a alguna persona que quise mucho hace treinta años (al menos el nombre de esa persona), la dirección de la casa en la que vivo ahora, de qué trabajaba cuando tenía la edad que tengo ahora. Si me olvido de todo eso, ¿cómo no voy a olvidarme de que dejé el gas prendido? ¿Qué pensé antes de prender el gas y ponerme a hacer otra cosa? O quizás me suceda todo lo contrario: aprenda a vivir familiarizado con esos espacios en blanco, no intente recordar más nada. Como dice la canción, “andar sin pensamiento” hasta convertirme en parte de mi olvido.

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Bruno Petroni. Nació en 1984, en Buenos Aires, ciudad en la que vive. Estudió Letras en la UBA. Trabajó paseando perros, vendiendo anillos, en la farmacia de un sanatorio. En el 2011, publicó “Los chicos y las guerras”, su primer libro de cuentos. En el 2015, publicó su segundo libro de cuentos: “La revolución de los justos”. Ambos con la editorial Mil Botellas. Coordina talleres literarios desde hace más de diez años. Ahora está terminando su tercer libro de cuentos. Ese “ahora” se viene dilatando hace bastante tiempo. Un tiempo en el que no para de corregir y reescribir, ya sin saber si los cuentos están mejor o no.

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