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Juan Carlos Baglietto, de regreso y con la Trova Rosarina, a 40 años del boom: “Nos unió la necesidad de hacernos fuertes”

No debe haber manera más acertada para un músico que festejar los cuarenta años de la edición del primer disco que tocándolo en vivo cuatro décadas más tarde. Eso es lo que va a hacer Juan Carlos Baglietto junto a La Trova Rosarina (Silvina Garré, Rubén Goldín, Jorge Fandermole, Fabián gallardo y Adrián Abonizio) este jueves 22 y viernes 23 en el Teatro Opera.

Allí presentarán las canciones de Tiempos Difíciles y también las del segundo álbum, Actuar para cantar. Lo curioso es que a esta altura Juan Carlos Baglietto sigue teniendo algunos problemas de identidad. Seamos justos, no él sino cierta gente que al cruzárselo suele confundirlo con alguien más. Un hombre se levanta y viene decidido hacia la mesa del bar donde transcurre esta entrevista. Le tiende la mano al cantante.

-Chau Raúl, mucha suerte.

Juan Carlos Baglietto. Foto: German Garcia Adrasti

Y se va, orondo y feliz. Enseguida Baglietto pregunta: “¿Vos escuchaste?..! ¡Me dijo Raúl!… ¿Habrá pensado que soy Porchetto?”.

-Bueno, si ya te confundieron con León Gieco, ¿por qué no?

Resulta que hace unos años, durante la grabación de un programa televisivo, la periodista luego de veinte minutos de charla le preguntó a Baglietto qué había sentido al componer Sólo le pido a Dios. Como diría Larralde, “cosas que pasan”. Y dice: “Es increíble, pero esto me sucede todo el tiempo”.

-Es que desde que abandonaste la gorra y el mameluco jardinero del ’82 ya no sos el mismo…

-¿Vos decís?

Un recuerdo

Un guiño a la foto de tapa de “Tiempos difíciles”, de 1982. Foto German Garcia Adrasti

-Yo estaba aquella tarde de mil novecientos ochenta y uno, de casualidad, en las oficinas de la compañía discográfica EMI Odeón cuando cayeron vos, Fito, Silvina, Rubén y los otros para firmar el primer contrato discográfico. Cuando le pregunté al tipo de prensa quienes eran me dijo “No sé, unos hippies rosarinos”.

-Jajaja. ¡Tenía razón, éramos bastante hippies en esa época! Bastante mucho. El look era como rockero-rústico-inocente del interior. No teníamos nada que ver con el rockero de Buenos Aires. A lo mejor un poco descuidados en el aspecto, pero ojo, no éramos hippies en lo que hacíamos artísticamente. Nosotros podíamos estar desalineados y no vestíamos a la moda, pero le teníamos mucho respeto al hecho artístico.

Juan Carlos Baglietto y Silvina Garré a principios de los años ’80. Foto: gentileza JCB.

-Tampoco estaban muy a la moda, musicalmente hablando. En ese momento la escena del rock la dominaban por ejemplo Virus, con ese pop sofisticado, o Riff con el rock pesado. Ustedes venían más por el lado folk de lo que había hecho Gieco, Gustavo Santaolalla.

-Sí, pero con un perfil folklórico más relacionado al litoral que al campo digamos. Es cierto que éramos artistas inclasificables. Veníamos de una ciudad que no era chica, no éramos el changuito cañero que llegaba a Retiro. Pero teníamos como una inocencia, incluso la inocencia del desconocimiento. No entendíamos qué era el negocio de la música, la industria de la música.

-Ni parecía que les interesara demasiado.

No le dábamos bola a los axiomas del negocio por entonces. Por ejemplo “Che no hagan temas de más de tres minutos porque no se los van a pasar por radio”. ¡Los temas duran lo que tienen que durar!

Camino al boom

Las radios argentinas en aquel momento, 1981, estaban dominadas por los hits de no más de tres minutos, a tal punto que la mayoría de las AM y las FM se negaba rotundamente a pasar Rapsodia Bohemia, de Queen, que duraba exactamente el doble. Se pensaba que canciones tan largas forzaban a los oyentes a cambiar el dial.

-Decididamente para ese momento ustedes eran raros.

-Éramos un producto popular, hacíamos mucho foco en lo que se decía, pero además en cómo se lo decía. Y éramos esta mezcla de pibes que veníamos de una formación muy diversa, relacionada con las primeras cosas que tocábamos en la guitarra, que era el folklore.

Juan Carlos Baglietto y la Trova Rosarina. Foto: gentileza JCB.

-Y el tango, seguramente.

-En mi caso los discos de tango que escuchaba mi viejo. Pero también estaba el rock ahí en el medio, así que éramos una mezcolanza que daba como resultado una cosa medio inclasificable. Por lo cual creo que en un momento hubo como una necesidad de mencionarnos de alguna manera y terminamos siendo “La Trova Rosarina”.

-¿Quién les puso ese mote?

-Debe haber sido (la periodista) Sibila Camps. Y si no fue así, fue la buena ocurrencia de alguien.

-Claro, porque en esa época se había puesto de moda la Nueva Trova Cubana.

-Nosotros teníamos tremendas diferencias con eso. No éramos un movimiento organizado, con un perfil político claro. Pero si éramos de un lugar geográfico argentino determinado.

Baglietto, hoy. Foto German Garcia Adrasti

-Rosario le abrió la puerta grande al rock argentino. Recordemos que de ahí vinieron Los Gatos, por ejemplo.

-Si. Pero ojo: Rosario fue el que en su momento le cerró las puertas tanto a Los Gatos como a nosotros. Por aquel entonces, y lo he dicho muchas veces y lo digo en Rosario también, por eso no me da pudor, Rosario era bastante indiferente con las expresiones artísticas locales. A lo mejor era cholulismo, esa cosa de que lo que viene de afuera es mejor.

-Sí.

-Hay un fenómeno de relación transitiva: Buenos Aires mira afuera, el Interior mira a Buenos Aires. Me parece un fenómeno de subvaloración; el famoso “¿Cómo este va a ser artista si vive a la vuelta de mi casa, lo conozco, lo veo todos los días?”.

Juan Carlos Baglietto animando fiestas infantiles a principios de los años ’80, antes del boom. Foto: gentileza JCB.

-¿Y cómo era tu casa?, ¿cómo fue tu infancia?

-Mi infancia fue buenísima. Vivíamos en un barrio tranquilo como por entonces eran todos los barrios. No estaban Los Monos, el narcotráfico, no existía nada de todo eso. La calle era un lugar seguro. Y te llamaban para tomar la leche y volvías a salir y te quedabas en la vereda tocando la guitarra y boludeando hasta cualquier hora. Jugábamos a la pelota. Iba a una escuela que quedaba a ocho cuadras de mi casa.

-¿Recordás la música que sonaba en tu casa?

-Era la radio y los discos de mi papá. No me eduqué en una familia de audiofilos, eran soldados rasos. Estaba el combinado y se escuchaba sobre todo tango. Y nosotros ahí también escuchábamos los discos de Sótano Beat, esos que venían con el vinilo de colores. Que también eran una mezcla donde estaban Kano y Los Bulldogs, Los Gatos y otros. No escuchábamos prolijamente. En la adolescencia siempre toqué, empecé a tocar en bailes a los 12 años.

-¿De donde te vino esa necesidad de tocar y de cantar, sobre todo la viola?

-Mi vieja tenía una gran frustración con poder tocar la guitarra. Mi abuelo le había impedido que fuera a estudiar guitarra, y mi vieja en rebeldía ante eso se afeitó la cabeza y anduvo con un gorro de lana todo el verano. Así que cuando cumplí cinco años me mandó a las trompadas a estudiar la guitarra.

Juan Carlos Baglietto en los años ’80. Foto: gentileza JCB.

-Y por lo visto te gustó.

-Sí. Me fabricaron una guitarra más chiquita, porque no me daba el cuerpo, y ahí empecé a tocar Zamba de mi esperanza con el conjunto folklórico en el colegio. Después tuve un conjunto, Vía Venetto, que nos pusimos “El conjunto más juvenil del momento”. Teníamos 12 años y tocábamos en los bailes música para bailar. Íbamos tocando por los pueblos. ¡Salíamos a tocar vestidos con el uniforme del colegio!

-¡O sea que fuiste como un antecedente de Angus Young, de AC/DC!

-¡Tal cual! (risas) Después ya teníamos ropa de conjunto musical que nos había hecho la confeccionista del barrio. Qué sé yo, siempre la música estuvo ahí presente.

-Cuando se habla de La Trova pocas veces se cuenta cómo se conocieron ustedes.

-¡Pero si éramos cien pibes que íbamos a los mismos lugares todo el tiempo! Íbamos todos a manguearle el único equipo Twin Reverb (un modelo de amplificador para guitarra eléctrica de la marca Fender) que sabíamos que había en Rosario, de un guitarrista que lo prestaba, Néstor Raschia. Nos unió la necesidad de hacernos fuertes.

Juan Carlos Baglietto. Foto German Garcia Adrasti

-Y así se juntaron.

-También nos nucleábamos dentro de asociaciones. Una por ejemplo se llamaba AMAdeR, Ateneo Músicos Amigos de Rosario. Mientras en Buenos Aires existía MIA, Músicos Independientes Argentinos, nosotros nos juntábamos en la Asociación Cristiana de Jóvenes, que era el único lugar donde nos dejaban, y armamos una especie de agrupación que se llamaba AMI, Asociación de Músicos Independientes. Y así nos íbamos conociendo. Venía Serú Giran a tocar a Rosario y éramos los mismos de siempre los que íbamos a verlos.

-La primera vez que viniste a cantar a Buenos Aires no fue con La Trova, sino con tu banda anterior, Irreal.

-Si, Julio Avegliano era un manager y regenteaba una sala en Buenos Aires que se llamaba Centro de Artes y Música. Un sótano en la calle Cerrito al 200, donde tocaban Los Redondos y Pastoral, En un ataque de querer tocar en Buenos Aires terminamos en ese lugar con Irreal, mi primera banda profesional.

-¿Cómo les fue?

-¡Como el orto, había veinte personas!. Nos fue tan mal que para poder volver a Rosario tuvimos que dejarle un equipo al sonidista y otro equipo al dueño de la sala. Volvimos a Rosario y laburamos hasta juntar la guita para recuperarlos.

-¿De que trabajaban?

Baglietto en una fiestita infantil, Rosario, 1980. Foto: gentileza JCB.

-Cada uno de algo distinto. Yo mientras hice el secundario y estudié Arquitectura hasta quinto año, laburé de ayudante de carpintero y de empapelador. Era el che pibe que lleva los baldes y todo eso. Terminé trabajando en una empresa de fabricación y reparación de equipos de audio para los boliches, colgado de la escalera con el soldador caliente entre los dientes soldando cables en los parlantes.

-¿No animabas fiestas infantiles también?

-Sí. En realidad el trabajo más importante que tuve fue animador de fiestas infantiles. Me hacía llamar Juan Tolón, era como un personaje. Yo salía con una chica que tenía un dúo con Jorge Fandermole y animaban fiestas infantiles. Se llamaban Tilín-Tolón. Luego Marisa empieza a ser pareja mía y decimos “Vamos a seguir con esto de las fiestas infantiles” y nos seguimos llamando así un tiempo.

-Un trabajo que rendía, sin dudas.

-¡Escuchame, terminó siendo el ingreso más importante que tenía! Después rompimos con esta chica y me seguí llamando Tolón porque los nenes me decían así. Y fui Juan Tolón, un personaje que tenía familiaridad con los pibes, hacía entretenimientos, les contaba cuentos y cantaba canciones. Iba con mi motito, un proyector de diapositivas y la guitarra. Y tenía un look que era el mismo que iba a ser el del primer disco: mameluco jardinero, bufanda, pelo largo, barba, gorra.

-La famosa gorra de Baglietto.

-Sí. Bueno, eso tiene otra historia. Usé gorra toda mi vida porque mi viejo usaba gorra y supongo que me había dado por mimetizarme con él. 

Baglietto, sin gorra. Foto German Garcia Adrasti

-¿Tu viejo usaba gorra o boina?

-Gorra. De fieltro con visera. La usaba porque era pelado. Yo no era pelado en aquel momento, pero supongo que usaba la gorra como un gesto de complicidad. Después usaba unas boinas de colores. Me acuerdo que subí así para tocar en un festival que se había hecho en contra de la llegada al país de Sinatra, en el 81’.

-¿Por qué estaban contra Sinatra?

-No sé. ¡Nadie puede estar en contra de Sinatra! Lo había traído Palito Ortega, que en aquel momento era como el enemigo para nosotros. Tal vez se quiso dar el gusto de hacerlo, andá a saber. Y le salió como el culo. Fue un festival en Obras que duró tres días.

-¡Tres días contra Sinatra! Debió llamarse así.

-¡Qué sé yo, era eso! Lo había organizado la revista Humor. Me acuerdo que la entrada para ver a Sinatra costaba mil dólares y la entrada para este festival costaba… ¡un dólar!

Primer éxito masivo

Ese Festival de Música Popular Argentina reunió en esas jornadas a diversos artistas de distintos géneros musicales. Luis Alberto Spinetta, Dino Saluzzi, Facundo Cabral, Rubén Rada, El Cuchi Leguizamón, Victor Heredia, el Sexteto Mayor, algunas bandas del interior y a toda la Trova Rosarina, entre otros.

-El repudio venía en realidad de la mano del apoyo que el gobierno militar del General Roberto Viola le había dado a Palito para traer al famoso crooner de Estados Unidos. Y ese fue el debut de La Trova en un escenario porteño.

-Avegliano estaba en la organización, y en ese momento era el manager de Facundo Cabral. Llamaba a grupos y solistas de distintas partes del país para representar a sus provincias en ese festival. De golpe nosotros nos encontramos abrazados y sacándonos fotos con gente que conocíamos solo por las revistas. El Negro Rada, Victor Heredia, que sé yo.

-¿Qué más recordás?

-Estaba como presentador Miguel Angel Merellano. Yo andaba por los pasillos, abajo, cagado en las patas y me había sacado la pilcha, o sea mi boina, mi bufanda y mi jardinero. Merellano me ve y cuando me presenta dice: “Por ahí anda un flaco pelilargo con gorra y jardinero que viene de Rosario”. Escuché eso, volví a ponerme la ropa rápidamente y subí al escenario. ¡Y la gorra me quedó puesta para el resto de la vida! Después llegó el primer disco.

-¿Cómo fue la grabación de Tiempos Difíciles? Ahí aparecían de invitados Manolo Juárez y el Chango Farías Gómez.

-La compañía discográfica me quería poner músicos sesionistas y dije que no, que los músicos eran los de mi banda. La idea de llamarlo a Manolo fue por una zamba que teníamos, y al Chango fue porque Julio Avegliano trabajaba con Marian Farías Gómez. El día anterior a grabar volvía del exilio, lo fuimos a buscar a Ezeiza. Esperábamos ver llegar a un gaucho, y vemos que baja con un bajo eléctrico fretless y calzas de leopardo, jaja.

-¿Dónde se grabó, te acordás?

-Fue el último disco que se grabó en los estudios propios que tenia la EMI en Montañeses y Mendoza, en Barrancas de Belgrano. Después de eso cerraron el estudio. Ahora hay un templo budista chino. Para nosotros era una alucinación, porque nunca habíamos entrado a un estudio de esas características. Tenia una mesa de grabación análoga, y tremendos efectos, todo valvular. Fijate que cuarenta años después suena muy bien.

-Es verdad. Y la tapa estaba copiada del afiche de El Pibe, de Chaplin.

-Aquello fue un juego de errores. La foto tiene que ver con el afiche de la película El Pibe, sí, pero el título quería jugar con otra película de Chaplin que era Tiempos Modernos. Se iba a llamar Tiempos de Guerra, porque estábamos en las postrimerías de la Guerra de Malvinas. O sea, lo grabamos en noviembre del 81, pero no salió hasta abril del 82. Y por eso se tituló Tiempos Difíciles finalmente. La otra cosa que muy poca gente conoce es que el pibe que aparece en la tapa del disco en realidad no es un pibe.

-¿Cómo es eso?

-Era una nena, la hija de Portunato, Inesita, que tenía cinco años en ese momento. Veinte años después rehicimos la tapa para otro medio. Y cuando apareció Inés, ¡me llevaba una cabeza!

-Y llega el festival de La Falda 82, en el cual ustedes se convirtieron en la gran revelación.

-Nos toca salir y pasó algo raro. Yo salía primero con mi guitarra solito a hacer Mirta, de regreso y al final la hacíamos de nuevo pero con todo el grupo. Cuando la tocamos de bis la gente ya coreaba algunas partes. ¡Una canción que tiene ocho estrofas y que no tiene estribillo, y que nunca repite nada!

-Pero tocaron otro día también.

-Sí. Al día siguiente tocaban Pedro y Pablo, pero llegaban tarde porque habían tenido un problema con el micro que los trasladaba. Y nos dicen: ¿Pueden tocar de nuevo?”. “¡Obvio!, ¿cuánto hay que pagar?”. Subimos al día siguiente y ya la gente cantaba el tema entero. Muy emocionante. Era la segunda oportunidad que nos parábamos delante de tanto público.

-Te temblaban las piernas…

-¡Me temblaba el culo!. Porque tener toda esa gente y compartir el escenario con bandas como Sumo… era algo inimaginable para nosotros. Esa fue una gran experiencia y hay que reconocer que a mí me dieron bola primero los cordobeses, antes que los rosarinos.

-La letra de Mirta, de regreso algunos la identificaban con una historia de presos políticos, ¿no?

-Sí, pero no tenía nada que ver. A veces la gente tiene una necesidad de que se digan cosas. Esa era la historia de un chorro que estaba en cana, nada más.

-Se te considera una de las mejores voces del rock, pero ¿cuáles te llamaban la atención a vos?

-Me gustaba mucho Julio Sosa, el Polaco, y en el rock ha habido grandes cantantes. Mollo es un recontra gran cantante. Spinetta era un buen cantante. Con una voz y una manera de decir muy personal.

-¿Como fue conocer al Polaco Goyeneche?

-A mí me voló la cabeza el Polaco. Ya en casa lo escuchaban. Pero el Polaco de las primeras épocas, de los primeros discos. A mí me llevaron una vez a verlo cuando vine por primera vez a Buenos Aires, y lo conocí en Caño 14. Era un tipo que te hacía sentir querido inmediatamente. Si le caías en gracia, sino era un cara de bragueta total.

-Y le caíste en gracia.

-Se ve que sí. Habían armado una nota con una producción fotográfica. Los dos juntos para una revista de aquella época. Él con campera de cuero y yo con traje y corbata. Y el título era: “El rockero más tanguero y el tanguero más rockero”. Algo bastante ridículo. Era en la casa de él en Santa Clara del Ma,r que lo llevaba a la rastra la mujer.

-Es raro que no hayan grabado algo juntos.

-Me propuso grabar en su disco que iba a ser el número ¡cien! Y partió antes. Es una asignatura pendiente. Lo iba a ver y me producía una cosa tan física que me traspasaba, el tipo. No puedo decir que fuimos amigos, pero fue algo emocionante conocerlo. Era un extraterrestre.

Un reencuentro con Fito en vivo

-¿Se magnificó el asunto entre Silvina y vos con Fito Páez?

-¡Qué sé yo! Con Fito no hemos coincidido por diversos motivos. Uno por una cuestión temporal-espacial digamos. El tipo anda por todos lados, y uno en menor medida también. Planeamos juntarnos varias veces. No se dio por distintos motivos. Yo había planeado juntarnos y justo a él se le juntó con los veinte años de El amor después del amor. Y le dije: “Bueno dejate de joder, si son dos shows y ya está”. “No, pero que esto y aquello”…

-Pero todavía no se dio.

-Después volvimos a intentar juntarnos y luego la última no sé, creo que tuvo quilombos con el hijo y dije: “Bueno, no le interesará o ya llegará”. Fito es un invitado permanente, como siempre le digo no tiene ni que tocar el timbre, la puerta está abierta.

-¿Pero está todo bien entre ustedes?

-Está todo bien porque no hay motivos para que esté mal. Qué sé yo… a mí me ha dicho: “Sí, dale, vamos” y después no sucede. Entonces las cosas que uno desea mucho las lleva a cabo. Y él te dice: “Para mí aquella fue una de las mejores épocas de mi vida”. Pero, bueno, tendrá alguna dificultad por la cual no querrá volver a la mejor época de su vida, ¿no?

Ideal para Masterchef

-Baglietto, ¿qué es el jamón redondo?

-Ja, ¿dónde escuchaste eso? Yo iba caminando al carnicero y un día me acerco al mostrador y le digo: “¿Tenés jamón redondo?”. “¿Qué es eso pibe?”- me dice. “Eso que esta ahí” y le señalo. “Ahh, peceto”, dice. “Pasa que soy de Rosario y le decimos jamón redondo”. Y el carnicero me dice: “Ah sos de la tierra de Baglietto!, mandale un saludo cuando lo veas”. Me dio tanta vergüenza que le dije que sí y me fui…

Tu histórico problema de identidad. Ustedes los rosarinos tienen su propio léxico…

-Si claro, el pochoclo es pororó por ejemplo. Y está el Carlitos. Que muchos lo confunden con el tostado, pero el Carlitos lleva ketchup y manteca. Es como un sándwich tostado pero tiene el ketchup puesto entre el jamón y el queso, no en contacto con el pan. Con lo cual queda jugosito. Guarda que hay que saber hacerlo.

-Parece que te gusta cocinar.

-Mucho, sí. Durante la pandemia estuve haciendo unos micros de cocina y tengo un proyecto que es un programa de cocina y música que ya lo haré.

-¿Y no te llamaron de Masterchef?

-Es que hice todo lo posible para que no me llamen. Me llamaron para hacer un reemplazo y dije que no. Tengo la suerte de no tener que estar esperando a que alguien me ofrezca algo. Y teniendo muchos shows es difícil adecuarse al ritmo de la televisión, parar tu vida para adecuarte a ese ritmo. Ahora ya no tanto, pero antes Masterchef priorizaba el personaje más que el hecho de la cocina en sí.

Balance

-Hace poco le pregunté a Raphael, a sus 79 años, qué le quedaba por hacer. Y me contestó “todo”. ¿Y a vos?

-¡Qué personaje Raphael!.. Siempre uno tiene adelante esa zanahoria de lo que le gustaría hacer. Mi programa de cocina, más discos, proyectos desde mi otra actividad que son los espacios temáticos y la arquitectura temática. Y tener nietos…Porque uno es un irresponsable jajaja.

-Vas a cumplir 66 años, ¿fuiste un tipo afortunado?

-Si. También reconozco hechos desafortunados en mi vida, pero no tienen que ver exactamente con la música. Soy absolutamente culpable de las cosas que me sucedieron, para bien y para mal. Y soy agradecido de poder trabajar con esto que es la música. La música me dio a mis hijos, mis familias. Yo conocí a las parejas con los cuales tuve a mis hijos gracias a la música.Claro que sí, he sido muy afortunado.

MFB

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