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Carlos Cutaia: el músico que saltó la grieta del rock argentino cumplió 80 años y sigue caminando

El pianista y compositor Carlos Cutaia, ex tecladista de Pescado Rabioso y de La máquina de hacer pájaros, acaba de cumplir 80 años y de convertirse, de ese modo, en uno de los primeros músicos más del rock argentino que atraviesa la barrera de las ocho décadas de vida. Y lo hace en plena actividad, con una incansable vocación por la exploración musical y la búsqueda de nuevos sonidos.

Aunque, sin duda alguna, el paso de Cutaia por Pescado Rabioso y La máquina, y su aporte creativo a los proyectos que Luis Alberto Spinetta por un lado y Charly García por otro encararon en dos momentos fundacionales para sus carreras, el primero al dejar atrás a Almendra, y el segundo tras el cierre de su época de Sui Generis, siguen siendo dos de los puntos culminantes en su relación con el género.

“Eran dos grupos en los que había mucha creatividad y eso nos generaba una energía poderosa”, explicó Cutaia, que llegó al rock tras su paso, durante los ’60, por el famoso Instituto Di Tella, donde compuso algunas obras; entre ellas, la ópera satánica Ostinato, que intentó sin suerte estrenarla en Nueva York.

Carlos Cutaia, el músico que saltó la grieta del rock argentino compuso una ópera satánica que no pudo estrenar en Nueva York. Foto Gentileza Carlos Cutaia

Conexión total

“La comunicación musical con Spinetta y con Charly era total. Con Charly, como era pianista, quizá nos entendíamos de otra forma, pero con los dos había una enorme comunicación. Eran personas muy diferentes, pero eran músicos y el encuentro era esencialmente musical”, recuerda el artista.

Y sigue: “Pensemos que no se escribían partes ni arreglos; entonces, era a partir de esta comunicación que teníamos que tocar los temas, y las propuestas siempre eran constructivas. Este proceso se daba luminosamente. Era una verdadera comunión, y había inteligencia”, señala el músico durante la charla con Clarín.

No obstante, Cutaia advierte que los momentos de cada grupo, que duraron poco y con ambientes muy diferentes, no son comparables. “Era un tiempo pesado. Nunca me sentí en libertad. Era un país muy represivo socialmente. Hasta 1983 vivimos entre milicos”, dice.

Para Cutaia, los ’70 fueron tiempos de represión, y una bomba le picó cerca. Foto Rolando Andrade Stracuzzi s. Foto Gentileza Carlos Cutaia

“De todos modos -completa- tengo que admitir que no me sentía perseguido en los ’70; pero también estando en el Teatro Estrella, en 1973, explotó una bomba en el baño de hombres que mató al iluminador. Yo estaba esperando para subir al escenario con Cipe Lincovsky y la bomba estaba destinada a Nacha Guevara que iba a estrenar en ese teatro”.

Casa de tango, barrio de jazz

Carlos nació en Buenos Aires, el 4 de noviembre de 1941, hijo de un violinista de tango que lo alentó sostenidamente hacia la música. Comenzó a estudiar piano a los 6 años, y ya a los 15 compuso una pieza para violín, viola y violoncelo.

“Desde siempre me gustó la composición”, reconoce Cutaia, quien además de haber participado en los discos de Pescado Rabioso y de La Máquina de Hacer Pájaros tiene publicados ocho trabajos discográficos grabados con diferentes formaciones.

Mientras seguía con sus estudios de piano, a fines de la década del ’50 se acercó al jazz a través de un amigo “que tenía un combinado increíble y una gran capacidad de compra de discos“, con el que escuchaban a Miles Davis, Oscar Peterson, Errol Garner, John Coltrane, Charles Mingus.

“Había una sensación, en ciertos círculos musicales, de romper con todo lo establecido. Y eso estaba ocurriendo. A mi regreso de la colimba conocí el Instituto Di Tella, que era una máquina de buena información, con el laboratorio de música de Ginastera, donde estaba Gandini, por ejemplo y donde se hablaba mucho de composición”, recuerda el músico.

Del Di Tella a Tanguito y Miguel Abuelo

-Estabas muy interesado en la composición. ¿También tocabas en vivo?

-Antes no. En el Di Tella toqué varias veces, y fue ahí donde comenzó mi acercamiento al rock. Me juntaba mucho con Alejandro Medina y con Claudio Gabis, con quienes hicimos una música para Alfredo Rodríguez Arias que se llamó Futura, que yo grabé en el clave del laboratorio de música.

Después conocí a Miguel Abuelo, a Tanguito… En la manzana donde estaba el Di Tella había mucha acción. La calle Paraguay, la calle Florida se convirtieron en un centro de encuentro de tono rupturista e inspirador.

-¿Más allá de tu formación académica, te interesó lo que estaban haciendo Miguel Abuelo, Gabis, Medina?

-No diría que mi formación es académica; lo que viví en el Di Tella fue un deslumbre intelectual, toda esa música me dio una apertura, una enorme elasticidad mental. A finales de los ’50, junto con el jazz me pegó muy fuerte el rock and roll.

Little Richard, Elvis Presley y Bill Haley me producían una energía increíble, pero siempre todo me sonaba a blues. Era tal mi disfrute con el rock and roll que aprendí a bailarlo con mi hermana, con todos los pasos que requiere, y lo bailo muy bien.

Carlos Cutaia asegura que puede bailar rock and roll, pero que no encuentra quien lo sepa seguir. Foto Rolando Andrade Stracuzzi

-¿Te animarías a bailarlo hoy?

(Asombro) -¡Lo sigo bailando hoy! Sólo tengo que encontrar alguien que sepa bailarlo.

Para Cutaia, la llegada de los Beatles produjo algo descomunal, como parte de un nuevo mundo en el que la juventud esperaba sus discos y apreciaba las tapas de los LP.

“Una música vital, perfectamente vital, que para mí, reflejó ese mundo de posguerra. Eso son los Beatles y los Stones: artistas que nacieron en plena guerra mundial en medio de las bombas nazis, como también es perfectamente vital el blues y el jazz, creados por gente que fue sacada violentamente de su continente y trasladada a otro, para ser tratados inhumanamente”, explica.

Carlos Cutaia, el músico que saltó la grieta del rock argentino. Moro, Charly y Fernández, junto a Cutaia: La máquina sin Bezterrica. Foto Gentileza Carlos Cutaia

Caída con suerte y la Europa delirante

Cutaia recuerda una experiencia decisiva ocurrida en 1968. Con su pareja de entonces, la actriz Marilú Marini, viajó con el grupo de teatro Tse acompañándolos en sus presentaciones en Caracas y Nueva York. En la capital venezolana, mientras colocaba unas luces en el teatro, Cutaia cayó desde 13 metros de altura sobre la platea.

El músico no sufrió daños importantes, salvo la fractura de un dedo del pie y algunos golpes, y durante la segunda etapa de la gira, a poco de llegar a Nueva York, con Marini decidieron separarse del grupo. En simultáneo, el pianista intentó presentar su ópera satánica Ostinato, Señor Frankenstein y Libertad y otras Intoxicaciones, todas de su trabajo compositivo en el Di Tella.

“Era una época en la que componía todo el tiempo, y quise presentar estas músicas”, explica el pianista, que luego viajó a Londres y a París, donde se quedó cuatro meses.

“Era todo genial; por ejemplo, mientras estaba en París con Marilú, llegó para instalarse Ricardo Aranovich, gran fotógrafo del cine nacional. Vino a vivir dónde estábamos parando nosotros y nos invitó a que lo acompañáramos a la Bretaña francesa, donde estaban filmando una película de un director brasileño. Todo era así. Un verdadero delirio”, resume.

Al su regreso, Cutaia retomó su participación en el Di Tella (que cerraría sus puertas en 1972) al mismo tiempo que surgía la posibilidad de hacer música con Miguel Abuelo en guitarra y Pomo en batería.

Carlos Cutaia, el músico que saltó la grieta del rock argentino. Edelmiro Mlinari, Luis Alberto Spinetta y Carlos Cutaia. Foto Gentileza Carlos Cutaia

“Le pusimos El Huevo. No recuerdo cómo se formó, pero empecé tocando con un teclado de plástico que compré en Royal House, en el que hacía los bajos con la mano izquierda. Empezamos a ensayar y apareció un productor, Jorge Pistocchi; era el año 70 y Almendra y Manal eran los grandes grupos de ese momento. Pero al final hicimos un solo concierto y nos separamos”, repasa el músico.

La experiencia de Hair

“En 1971 –sigue Cutaia- Rubén Elena me propone la dirección musical de Hair y a Marilú, la dirección coreográfica. Nosotros veníamos muy empapados de lo que sucedía en Europa, sobre todo del hippismo inglés y francés. Sabíamos que todo ese movimiento iba a llegar a Buenos Aires”.

El músico recuerda que era un momento cultural muy interesante, antisistema y Hair fue la comedia musical que hizo historia sobre ese fenómeno de los sesenta.”Pero la obra no arrancaba y Alejandro Romay que era un productor tremendo, echó a Elena, contrató a quien tenía ya experiencia en esta obra, Fred Reinglass y en veinte días se estrenó”, sigue.

Y completa el relato: “Hicimos una selección y tomamos a Horacio Fontova y a Rubén Rada, entre otros, personajes que daban bien con el ambiente, aunque teníamos la contra de Romay, que quería que pusiéramos en la obra a la gente del Club del Clan. Duré tres meses como director musical”, recordó Cutaia.

Siguiente escala, Córdoba y Pescado rabioso 

En Hair, Cutaia conoció a Carolina ‘Carola’ Fasulo, y se mudaron a las sierras de Córdoba. “Al tiempo se nos acabó la plata y me vine a Buenos Aires a trabajar, a conseguir algo; aunque fueran jingles. Nació Lucas, y a mediados de 1972 apareció Luis Alberto con Pescado Rabioso, que ya estaba armado”, recuerda.

“Con Pescado grabé en Desatormentándonos, Serpiente (viaja por la sal). Después grabamos Post Crucifixión, en el que armé el riff y que fue parte de los simples que sacábamos”, cuenta.

La experiencia fue de lo más rica. “Con Pescado trabajamos en los lugares más insólitos, clubes horribles… Todo era muy raro: enchufábamos y salíamos adelante. Lo que hoy puedo entender es que hacíamos una música que necesitaba la gente; sentíamos que el público nos pedía esa fuerza, esa forma de interpretarla”, dice.

Carlos Cutaia, el músico que saltó la grieta del rock argentino. Pescado rabioso, con Luis Alberto Spinetta, Black Amaya y David Lebón. Foto Gentileza Carlos Cutaia

-¿Cómo era la relación en Pescado?

-Teníamos un gran vínculo. Nos daba gusto estar juntos, tocar y compartir. Había un espíritu de compromiso que superaba lo estrictamente profesional. Cuando llegué a Pescado todavía estaba Bocón Frascino, que tocaba muy bien el bajo. Pero él era guitarrista y por eso se fue y quedamos en trío y así grabamos dos temas de Pescado 2.

El trío sonaba bien, pero nos dimos cuenta que hacía falta un bajo, y aunque había un permiso cultural para tocar sin bajo -pensemos en los Doors, por ejemplo-, lo necesitábamos. Y entró David Lebón. El disco se completó con David. De esa época no recuerdo otra cosa que amistad y calidez. Nos queríamos mucho.

Todos queríamos estar ahí y duró lo que duró. Pero llegado el momento nos separamos. Tiene que ver con el crecimiento, con los proyectos… Pescado fue muy importante para Luis porque venía de dejar Almendra, y desde este grupo saltó hacia él. Era una persona muy productiva, una persona luminosa.

Y un día apareció Charlie García

-¿Cómo siguió tu carrera, al separarse Pescado?

-Entre Pescado y La Máquina, estuve tocando el piano con Cipe Lincovsky en el Teatro Estrella y participé de una obra con Marilina Ross con música de Jorge Schussheim para trío. Justamente mientras tocaba en ese espectáculo apareció Charly García a ver la función. Ya estaba con La Máquina de Hacer Pájaros, en La Bola Loca y, al poco tiempo, una noche aparece el productor Jorge Alvarez y me invitó a escucharlos.

Fui y lo vi a Charly sumergido entre ocho teclados; no se le veía la cara, y Alvarez le propuso si no le interesaba dividir los teclados en dos, conmigo. Así entré en el grupo; sería agosto o septiembre de 1976.

El primer encuentro fue en la casa de Cutaia, en Chile y Pozos, donde el músico tenía un Hammond C-3. “Me pasó los temas y ya desde el vamos empezamos a armar arreglos y salí a tocar con Oscar Moro, Gustavo Bazterrica y José Luis Fernández”, cuenta el tecladista, que en el primer álbum del grupo grabó en Boletos, pases y abonos.

Carlos Cutaia, el músico que saltó la grieta del rock. La máquina del hacer pájaros, con Charly García, Cutaia, Oscar Moro, José Luis Fernández y Gustavo Bazterrica. Foto Gentileza Carlos Cutaia

Una máquina musical

-¿Cómo fue tu experiencia con La Máquina?

-La experiencia con La Máquina fue muy distinta a la de Pescado. Cuando se dio, la conexión era total. En el grupo había una exigencia instrumental muy marcada. Por ejemplo, en ¿Qué se puede hacer salvo mirar películas?, escribí un pequeño arreglo dentro del tema en 19 x 8. Un capricho, y pensé: “¿A ver, si pueden con esto?”

-¿Y?

-¡Y pudieron! Moro tocaba todo. Eran unos moños tremendos, la música, y todo era como si no pasara nada. Fue increíble La Máquina; éramos un gran grupo, y como en Pescado, todos participábamos.

“Con el segundo disco cambió mucho el grupo; todos querían componer, era medio un delirio. Por ejemplo, No te dejes desanimar Charly lo escribió bien raro para ponerme nervioso. Era divertido, pero cada uno quería imponer sus composiciones y con Charly, que era una potencia escribiendo, ese clima no podía durar. La Máquina se fue disolviendo, nadie dijo, me voy o te vas…” recuerda Cutaia.

El desenlace se veía venir. “Recuerdo que en un show se rompió el grupo. Nos separamos y cada uno tocó lo que se le cantaba el orto. Nos cambiamos los instrumentos con Charly. Fue un desorden en el escenario, Charly se fue a Brasil, a su regreso armó Serú Girán y sólo llamó a Moro, que era un músico gigante”, concluye el capítulo.

Se hace camino al andar

Al separarse La Máquina, Cutaia emprendió su carrera como líder; grabó con Carola y el grupo Ce-Ce Cutaia Rota tierra rota (1979); anteriormente, en 1973, había grabado también con ella el álbum Damas negras. Luego surgieron Ciudad de tonos lejanos (1983) y Carlos Cutaia Orquesta (1985), con Daniel Melero, donde avanzó sobre la música electrónica generada por máquinas programadas, no tocadas.

Carlos Cutaia, el músico que saltó la grieta del rock argentino. El tecladista lideró sus propios proyectos, que pasaron por el tango, el rock, el jazz y la música electrónica. Foto Gentileza Carlos Cutaia

“Para mí fue un cambio, grabado en ocho canales, con una señal eléctrica que hacía funcionar los sintetizadores que ya estaban programados, con un hit, Sensación melancólica. Aún hoy, me sigue gustando mucho la música electrónica, con músicos conceptuales como Brian Eno”, explica.

Después vinieron Para la guerra del tango (2004), que ganó un Premio Gardel, Sensación melancólica (2005), BA Ensimismado (2007), La cinta robada (2010) y Cutaia-Melero (2014).

– Y ahora, ¿cambiaste lo electrónico por lo acústico?

-Sí. En este siglo estoy con lo acústico, con el piano. Sólo con él. Hace tres años que estoy componiendo y tocando con el piano en busca de lo que llamaría una unidad conceptual que me haga sentir que estoy caminando.

Carlos Cutaia junto a sus hijos Lucas y Ezequiel, socios familiares, musicales y también comerciales. Foto Rolando Andrade Stracuzzi

Este año, en junio compuse Loop XIX, un tema que grabé en Thelonious (club dirigido por sus hijos Lucas y Ezequiel) a pedido del periodista e historiador Fernando García, para el lanzamiento del excelente libro El Di Tella, historia íntima de un fenómeno cultural (Paidós). Hasta ahora, sigo caminando.

E.S.

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