Daniel Melingo: el señor de los misterios y la música de los bajos fondos

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Hace dos años, en el Centro Cultural Kirchner se realizó Universo Melingo, una suerte de retrospectiva de música, cine y poesía sobre la trayectoria de Daniel Melingo.

El martes 7 de diciembre, la Legislatura porteña lo declaró “Personalidad destacada en el ámbito de la cultura”. Para el ex Los Abuelos de la Nada, Los Twist, Lions in Love y saxofonista de Charly García, los 64 resultaron una edad mejor de lo que se imaginaba Paul McCartney.

“Después de tantos años con tanta pasión y tanto ahínco, tomo todo esto con mucha alegría. Porque lo nuestro, lo de los que venimos de esa época, es un poco a muerte”.

“Varios se quedaron en algunas batallas, pero a los que llegamos el reconocimiento nos da mucha alegría. Sobre todo el reconocimiento de tus pares, de los que estuvieron ahí, de los que siguen acompañando y de los que ya no, pero que fueron formativos y son parte de lo que sos”.

Melingo –hay estrictas indicaciones de no llamarlo Daniel, y mucho menos Alejandro Daniel: su apellido a secas es su nombre artístico- tiene el aspecto de un sobreviviente. Uno diría que carga en sus huesos con las interminables noches de los años ‘80, y de ahí esa facha de linyera, ese personaje que tanto le gusta encarnar, o de músico de cabaret berlinés de entreguerras.

Daniel Melingo se toma con alegría los reconocimientos. Foto: Andres D’Elia

-¿Cómo hiciste para sobrevivir a esos años?

-Y, sobreviví. Acá estoy, hablándote. No lo sé, hay un montón de misterios que lo mantienen vivo a uno. Justamente no saber muchas cosas, el terreno de las sombras, me parece muy interesante. Es el que nos revitaliza. Por lo menos a mí, ¿viste? No saber por qué, pero hacerlo de todas maneras. Y después entran un montón de reflexiones, ¿no? Si realmente lo estás imaginando. La vida es sueño.

Oasis, “un nuevo paradigma sonoro”

Estamos en un estudio de grabación de Villa Ortúzar en cuya fachada hay pintado un retrato gigante de Osvaldo Pugliese acompañado por el mantra antimufa favorito de los músicos: Pugliese, Pugliese Pugliese.

Por ahí anda dando vueltas Pichón Baldinu, el ex Organización Negra y De La Guarda, encargado de la puesta en escena del ambicioso proyecto de Melingo: una ópera que conjuga la trilogía de Linyera, Andá y Oasis, sus últimos discos.

Pero eso será “para las vacaciones de invierno, si estos tiempos inciertos lo permiten”. La excusa de la charla es la presentación de Oasis, disco al que Melingo, despojado de cualquier atisbo de falsa modestia, califica de “nuevo paradigma sonoro”.

Daniel Melingo recibe el diploma de Personalidad destacada de la cultura.

-¿Cuál sería ese nuevo paradigma sonoro?

-La tímbrica que utilizo. Porque no solo involucro el sonido electrónico, eléctrico, aparte del sonido orgánico que ya venía trabajando en los últimos años. Me juego a hacer una hibridación entre dos corrientes muy fuertes: el tango y la música rebética, un poco matizados con el blues.

Pero sobre todo esta música modal, en la que encontré muchos paralelos con el tango. Me atrevo a hacer esta propuesta de mezclar y crear el tango rebético.

-¿La música rebética es griega?

-Sí, es un tipo de música griega, la música de bajo fondo. Hay cinco músicas que son de resistencia: el tango, la rebética, el blues, el flamenco y el fado.

Me detengo en el tango, que es algo que conozco por familia, y por familia también llegué a la música rebética. Porque descubrí una línea de mi abuelo y mi bisabuelo y mi tatarabuelo Leónidas, que venía del barrio de Plaka, de Atenas, y del puerto del Pireo. Trabajé todo eso que fui descubriendo y lo plasmé en esta épica.

-¿Qué épica?

-Todo esto está sostenido por un cuento, que es la épica del personaje del linyera. Él tiene un sueño y va en busca de ese sueño, a pesar de todo lo que le pasa en el trayecto. En Oasis no están sólo la tímbrica y los cruces de géneros, sino la narrativa. Es una historia en dos actos y un epílogo.

Daniel Melingo, un antihéroe surgido del rock y amasado en el tango. Foto: Andres D’Elia.

-¿Cómo tomarías que te dijeran que hacés tango experimental?

-Conceptual. Para mí es muy importante el concepto. Y el experimento, por supuesto: sin prueba y error no sería nada de mí. Es la cocina básica para sacarle peras al olmo.

-Hablando de experimentaciones y de tu supervivencia, ¿cuánto influyó en tu carrera la experimentación con sustancias?

-Yo no haría hincapié en las sustancias. Porque es algo engañoso: hay que hacer la experiencia personal. Ni siquiera los entendidos pueden dar opiniones sobre sus experiencias. Es algo muy personal. Es una experiencia trascendental, para uno, no para decir que lo hacés ni que no sirve. Si querés probar, sabés a dónde ir. Todos lo saben, sobre todo la policía.

-¿Quiénes son tus referentes en el tango?

Edmundo Rivero y, sobre todo, Carlos Gardel como conceptualizador del tango. Fue el que le dio la forma al tango canción. Todo lo que yo busco en el tango lo encuentro en Carlos Gardel y en Edmundo Rivero. Y en las grandes orquestas de los 40: Pugliese, Di Sarli, Troilo.

Melingo, su nombre artístico. Nada de llamarlo Daniel. Foto Prensa Aquí, allá y en todas partes

-¿Y la manera de decir, más que cantar, de Goyeneche?

-No. Goyeneche tiene tres épocas. La gente recuerda al de la última época, que fue como él se reinventó. Su primera época era de una voz casi aflautada; la segunda es la del cantor que está en la orquesta de Troilo, que es fantástica. Y en la tercera etapa, él se recicla y canta de esa manera, se convierte en el famoso decidor. La gente imita esa parte, porque es más sencillo imitar esa etapa que las anteriores.

-¿Y Rivero?

-Mi ejemplo es Edmundo Rivero en todo sentido, porque también conllevaba una búsqueda. Después de haber tocado en una orquesta, decidió volver a las guitarras, volver al lunfardo. Entra en una búsqueda sobre el pasado del tango, el lunfardo fundacional. Eso es lo que rescato, aparte de su hermoso timbre de voz.

La vida es juego

-Una compañera de época, Isabel de Sebastián, destaca tu espíritu aventurero. ¿De dónde viene?

-No sé de dónde viene, pero lo desarrollo a lo largo de toda mi vida. Gracias a eso soy lo que soy. Pero no sé de dónde viene. Tal vez de los barcos, porque mis ancestros venían de los barcos, y siempre ahí hay una nostalgia implícita. El aventurero dejó algo atrás, está buscando algo: esa es mi tarea.

-Ella te destacaba como alguien lúdico dentro de una generación que no lo era tanto. ¿No estaba bien visto jugar con la música?

-Si te referís a mi generación, Los Twist por ejemplo eran prácticamente un juego.

Los Twist. Pipo Cipolatti y su banda usaban, sin concesiones, ironía y sarcasmo para describir el costumbrismo de los 80.

-¿No fueron subestimados por eso mismo, por hacer música “divertida”?

-Parecía música divertida, pero no lo era. El baile es necesario, es el ritual conjunto con la música. Ancestralmente la música fue concebida para acompañar el baile. Los Twist fueron muy apreciados: al mes de haber salido La dicha en movimiento recuerdo haber tocado para 200 mil personas en Barrancas de Belgrano. Repercusión fue lo que sobró.

Todo lo contrario: tuvo justamente una llegada muy fuerte ese tridente de Fabi (Cantilo), Pipo (Cipolatti) y yo. Y el sostén de la música, el Gonzo (Palacios), (Eduardo) Cano, Polo (Corbella). Fue una combinación letal. Muy fuerte.

-¿De Los Abuelos qué aprendiste?

-Todo. Porque yo aprendí a tocar rock con Los Abuelos arriba del escenario, yo no estudié ni tocaba rock. Por eso te digo todo, hice la tesis arriba del escenario.

Miguel Abuelo, el gran maestro

Miguel Abuelo, al frente de la formación más famosa de Los Abuelos de la Nada, en los ’80. /Foto Archivo Clarín

Melingo pasó por la academia: estudió de adolescente en el Conservatorio Nacional Carlos López Buchardo y en el Conservatorio Municipal Manuel de Falla, y después en la Universidad Católica Argentina. Pero en el ‘78, con 21 años recién cumplidos, se fue a Brasil.

“Fui parte del grupo Agua, formado por chilenos, ecuatorianos, peruanos, colombianos. Tenía una riqueza tímbrica latinoamericana. Había sikus, erke, charango, y yo aporté con mi clarinete la cuota diferente. Cuando Milton Nascimento grabó ese precioso disco doble que es Minas Geraes, en algunas de las canciones lo acompañó el grupo Agua. Era el año ‘78. Milton ya era enorme”.

Esa etapa, a la que ahora ve como sus “años formativos”, continuó nada menos que en Los Abuelos de la Nada. “En el ‘80 regreso a la Argentina y Miguel Zavaleta me presenta a Cachorro López, y me cuenta el proyecto de traer a Miguel Abuelo. Se me configuró algo que hasta ese momento era impensado para mí. Fue el primer fogueo y lo hice con músicos muy avezados”.

Miguel Abuelo fue uno de sus guías: “Era unos diez años mayor que nosotros. Con la trayectoria que tenía, para nosotros era tocar con un prócer. Lo fuimos conociendo y era una persona muy especial, con mucha estrella, mucha luz propia. Era una combinación exquisita entre un intelectual y un callejero. Miguel fue el gran maestro”.

Melingo. El ex Abuelos de la Nada, mezcla de músico, clown y linyera.

-En esa época compusiste Chalamán, que puede escucharse como una canción de amor, pero Capusotto diría que está hablando del faso.

-Habla de las dos cosas, tal vez. Justamente creo que la llegada de la canción es que es ambivalente. Nosotros necesitamos en nuestro cerebro intentar terminar algo que está inconcluso. Pasa con muchas canciones: prenden porque hay de dónde agarrarse a inventar algo.

Melingo dice que su otro maestro fue Charly García, que fue productor de La dicha en movimiento y poco después lo incorporó como saxofonista de su banda, en la época de Piano Bar, de 1983 a 1986. A continuación, Melingo emigró a España, donde colaboró con Los Toreros Muertos y armó su propia banda, Lions in Love. Cuando volvió, a mediados de los años ‘90, fue de los primeros rockeros en volcarse al tango.

-Nunca te quedaste mucho en un lugar: fuiste cambiando permanentemente.

-Es lo que define mi personalidad y define mi obra. Por eso llegué a la figura del linyera, que es un caminante, un vagabundo. Su búsqueda es darle forma al sentido que tiene el camino. No hay meta: la meta es el camino.

Melingo como el personaje del linyera.

Los Espíritus, Okupas y el cine

Dice que tiene una gira por catorce países de Europa postergada hace dos años, desde que empezó la pandemia. Quiere que le preguntemos por su colaboración con los Espíritus en el EP Sancocho Stereo. Volumen 2 (“pensé que estabas informado de estos temas”), y se explaya sobre su participación en La juventud, un hermoso tema de Santiago Motorizado que forma parte de la banda de sonido de Okupas.

“Yo no lo conozco personalmente a Santiago, pero me parece un tipo adorable. Estoy esperando el momento de darle un abrazo. Me sugirió cantar esa canción, la grabé en mi estudio y se la envié. Me la dejó servida, me la puso con la mano en el área chica: escribe muy lindo. Okupas no la vi”.

Habla sobre El teorema de Mosner, su primer largometraje como director, codirigido con Esteban Perroud.

“Es un falso documental que trata sobre el tema de la página en blanco y la soledad del artista. El pintor labura solo, como el escritor. Por eso los plásticos van de un vernissage a otro: se relacionan así”.

“Seguimos a este pintor, Ricardo Mosner, a diferentes vernissages. Él queriéndose levantar minas y yo aparezco como el linyera, un personaje que sólo él ve, a molestarlo tocando mi instrumento griego. Por mi culpa no le sale nada”.

-¿Padeciste el síndrome de la página en blanco?

-Por supuesto, porque somos humanos. El síndrome de la página en blanco es el descontrol de la ansiedad. Si la controlás, es más fácil. Yo estoy aprendiendo. No se termina de aprender nunca, por suerte. Por más que la frase parezca un cliché, eso es lo que te mantiene vivo.

-Cuando vas aprendiendo, te das cuenta de que cada vez sabés menos. Hay muchas decisiones que tomamos por ansiedad. Después eso nos pasa la factura.

“El Blues Rebético de 7 Vidas”, de Daniel Melingo, con su viejo compañero de aventuras Andrés Calamaro.

Un poco de amor francés

Está orgulloso de su ópera prima: “Cuando la estrenamos, la gente se reía. Fueron cuatro años de laburo sin apoyo del INCAA. Dos veces nos rebotó y apelamos, pero no nos dieron bola. La pudimos terminar gracias a la subvención francesa, porque la filmamos en París. Nos dieron 40 mil euros de horas de trabajo para terminar el sonido, el color. Es muy caro el cine”.

-Tenés un romance con los franceses, ¿no?

-Y sí, ya hace veinte años que voy. A mí me reconocen más en París que acá. Trabajo mucho allá, está mi orquesta, mi manager. Tenemos un vínculo muy fuerte. Fui trabajando esa posibilidad que me daba mi estilo de canto. Ellos son amantes de la música y amantes del tango. Encontraron en mí un personaje diferente.

-Acá es más discutible si hago tango o no hago tango. Para ellos soy recontra tanguero y diferente al tango del establishment, la compañía de baile.

-Encontraste tu público.

-Yo sostengo mi carrera musical y de conciertos gracias a la aceptación que tengo en Europa. Durante estos veinte años trabajé en 130, 140 ciudades, en 35 países. Muchos festivales. El tango trasciende el idioma y nos representa como una identidad muy fuerte.

-¿Te molesta esa discusión acerca de si hacés tango o no?

-No, me divierte. Al comienzo discutía. A nosotros nos gusta jugar al juez, y si no nos dejan, por lo menos queremos ser jurado. Y acá el único juez es el tiempo.

Melingo presenta Oasis el miércoles 15 de diciembre a las 20 en Niceto Club (Niceto Vega 5560). Entradas: $ 1500.

WD​

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