Remador a domicilio: en épocas de vacas flacas, Pablo Alarcón sale a cocinar y a actuar por las casas

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Trabaja desde los 13 años. Primero fue la fábrica de automóviles NSU, después una fundición, más tarde la albañilería, la televisión, el exilio en Italia, el puestito de vendedor callejero en Roma, el teatro propio en un sótano italiano, el regreso y la explosión actoral. Si apela a la memoria, en él siempre estuvo la transmutación. La era Covid-19 no fue la excepción.

Como cuando maneja su auto en calma y por circunstancias externas tiene que pisar el freno bruscamente, a Pablo Alarcón la pandemia en medio del camino le sacudió la cabeza. Protagonizaba El curioso incidente del perro a medianoche, en el Maipo, le avisaron que algo llamado “coronavirus” paralizaba las funciones tan solo unas semanas, pero vio las salas del mundo cerrarse como en efecto dominó, Broadway, el West End, Buenos Aires. 

“La idea surgió del hambre”, admite. “No me salvé económicamente con esto, pero pagué la luz y el gas y reconfiguré el rol del teatro. Ya no veo a gente en penumbras, ni se corre el telón. En la casa del público no nos separa nada, y ellos dejan de ser desconocidos para mí. Esto me reubicó en el oficio y me refrescó. Yo lo llamo un teatro deconstruido”.

En acción. Alarcón, cocina, sirve, come y actúa a domicilio.

El operativo autorescate se basa en un espectáculo a domicilio, cocina+actuación. El cocinero está frito son cuatro horas de performance, que arrancan con él llegando a la casa de quien lo contrata cargado de utensilios, regalos y el postre preparado. Durante la jornada, usará la cocina del cliente para despacharse con un risotto de hongos o pollo. El menú se completará con una entrada de galletas, dips, hummus y una pastafrola.

Mientras un pianista y un bajista acompañan, Alarcón -que puede ir a cualquier provincia- toca armónica e invita “a algún tío o primo del público” a cantar. Sirve, come junto a los espectadores y después regala un monólogo sobre la historia de los alimentos, los sabores, el recuerdo de los sabores y propone interacción al estilo “dígalo con mímica” o “si lo sabe, cante”. “Alguna vez, en el caso de personas muy mayores, terminé lavando los platos para evitarles la tarea”.

Pablo Alarcón, más de medio siglo de oficio. (foto de prensa)

“Todos tenemos una historia con la comida, yo con los ravioles de la abuela Blanca, las tortas fritas de la abuela Dominga, los panchos de Pellegrini, mi ciudad, cuando la confitería Balbo trajo la primera panchera y nadie sabía qué era eso”, detalla Rodolfo Marabotto, como en realidad se llama, aunque la farándula argentina ignore el dato. “A mis 7 u 8 años mi familia me dejó solo, vi papas y huevos e intenté una tortilla. Mamá se enojó cuando volvió, porque me confundí y eran bulbos de orquídeas. Incomible plato. Después estudié cocina y en mi estadía en Italia aprendí la esencia de la verdadera pasta y la pizza, con ingredientes más sublimes”.

De sus 75 años, más de 60 los pasó combinando ingredientes que aparentaban no poder mezclarse, y no solo sobre hornallas. A sus cinco años, cuando el gallinero más grande de la ciudad bonaerense de Pellegrini era el de su clan y el edén parecía estar ahí, entre su caballo blanco Turbio y el gran bazar familiar Marabotto, su padre murió. Con la tristeza a cuestas hubo que mudarse a General Pacheco.

Terminada la escuela primaria, se inscribió en el secundario nocturno, y se nutrió de los primeros personajes teatrales en la mismísima fábrica automotriz en la que aprendía el arte de la línea de montaje, el uso de tornillos, martillos, tenazas. El actor parecía escondido en un overol, a la espera. “Después llegó el trabajo en una fundición, un lugar alquímico, recoger piezas de la línea de producción y analizarlas en laboratorio, pero me echaron”. Una pelea con un capataz lo sacó de lo fabril hacia el arte.

“Con la plata de la indemnización me vine a la Ciudad de Buenos Aires, llegué un lunes y fui a pedir trabajo a los canales. Otro país. Me compré la revista TV Guía, estudié nombres de productores y directores y llegué a la puerta de Canal 13 pidiendo por tal”, se emociona. “Me dicen ‘no puede pasar’, me voy a un bar y en la mesa de al lado alguien había olvidado un libreto. Con eso pude entrar. Busqué al director Borda, me dio un personaje, y a los días grabé como un colimba que lustraba zapatos. Con un bolo por semana pagaba la pensión”.

Pablo Alarcón en su época de albañil, en una obra.

Un casting con Nené Cascallar lo hizo entrar al elenco de El amor tiene cara de mujer, en tiempos en que la propia autora llamaba a los postulantes. “Sonó el teléfono fijo de la pensión y era ella, que me decía que le había gustado mi trabajo. Desde ahí no paré”, dice el que para muchos siempre será el fantasma de Regalo de cielo, o el galán de telenovelas puertorriqueñas. En aquella isla durante siete años forjó un vínculo con la que sería la madre de sus dos hijas, Claribel Medina, su ex.

La dictadura fue para él un trance tenebroso, del que se salvó “gracias al rol de galán”. Para 1976, mientras la angustia de dos primos desaparecidos lo carcomía, filmaba como director y actor una película de denuncia. Un grupo de militares irrumpió en su departamento, revolvió el lugar y le apuntó con armas, pero uno interrumpió el horror con la pregunta ‘¿Usted es el de la telenovela de la tarde?‘. Todo terminó en un autógrafo, que Pablo firmó temblando.

“Entonces quemé la película, saqué un pasaje a Roma junto a mi mujer de entonces, Mónica, y empezó una nueva vida”, narra. La nueva vida se transformó en cuatro años de rebusques. “Un día en Piazza Navona vi vendedores y a la semana yo ya vendía artesanías y vivía de eso. Después, compraba productos de moda y los comercializaba, cuadros, bijouterie, relojes. Hasta que en una peatonal romana una vecina me cuenta que va a alquilar un sótano y yo, que además daba clases en un centro cultural, decidí alquilarlo. Empezó una aventura de clases de teatro y fundé el teatro Del Figgo “.

Cocinero, actor y varios oficios más.

El retorno terminó por consagrar ese camino actoral. Rosa de lejos, Por siempre Mujercitas, Alta comedia, y otros 40 productos en TV definen un currículum enorme; además de teatro y mucha autogestión. Este año hubiera podido ser uno de los participantes del actual Masterchef, pero la agenda no ayudó. “Me habían convocado antes de Amazon para una serie que hice en Uruguay y me fui a filmar y no arreglamos”.

Mientras regula hornallas, tiene planeado subir la temperatura actoral con Discurso sobre la servidumbre voluntaria, otra obra autogestionada, basada en un libro de Étienne de La Boétie publicado en fragmentos en 1574. “Preparo el texto para representar en plazas y a la gorra”, cuenta un poco cabizbajo envuelto en un duelo: ver volar a una hija hacia otro país.

“La menor está a punto de radicarse en los Estados Unidos así que ya lloramos juntos”, reconoce. Su refugio está en la música y en el estudio: mientras aprende percusión, estrena un tambor que golpetea todos los meses en sus encuentros musicales con integrantes de La Chilinga. El resto del tiempo pule el emprendimiento que podría convertirse en un subgénero popular bien argentino: teatro delivery, en el living, “rompiendo la cuarta pared entre paredes” y con el perro de la casa como posible actor secundario. 

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