Sarasear al borde del abismo, algo que pasó en el crac del 30

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– Seis semanas después de la peor crisis financiera del capitalismo, el presidente de Estados Unidos, Herbert Hoover, declaró que la economía “había vuelto a la normalidad”. Ocurrió a mediados de diciembre de 1929.

– Tres meses más tarde, el mismo Hoover predijo que los efectos negativos de la recesión se revertirían en “los próximos sesenta días”.

– Una semana después anunció: “Pasamos lo peor”.

Frases como “pasamos lo peor” o “la economía volvió a la normalidad” retumban como un zumbido en los oídos de los argentinos. En abril de 2019 el ex ministro de Economía Nicolás Dujovne dijo “lo peor ya pasó”. Y la semana pasada, el actual ministro, Martín Guzmán, en una entrevista e n el diario Perfil dijo que la economía ya crece y el empleo también. Entre 2018 y 2021 el salario de los argentinos cayó al nivel más bajo en 20 años.

Pero volvamos a Hoover. Porque de algún modo el presidente estadounidense dijo lo que dijo porque había quedado atrapado en un dilema mucho más común de lo que los economistas (y dirigentes políticos) creen: todo lo que se dice en medio de una crisis afecta el resultado de las políticas: ergo, no tienen otra opción que hacer declaraciones optimistas, de modo que sus palabras no deberían tomarse como pronósticos serios de lo que pueda suceder efectivamente.

Sostener el relato de una economía en crecimiento fue cada vez más complicado para Hoover. Hubo momentos en los que la actividad estadounidense había dado señales de estabilizarse. Después de que el Dow Jones cayera 40% en ocho semanas a fines de 1929, en los primeros meses de 1930 hubo una recuperación del consumo y la producción. La Bolsa ganó 20% y Harvard Economics Society, una de las instituciones que un año antes había previsto la crisis, argumentó ahora que… lo peor había pasado.

¿Y entonces?

“Hoover aprovechó estos intervalos de noticias positivas sin darse cuenta de que eran fakes”, comentó Liaquat Ahamed, en su libro Lords of Finance: the bankers who broke the world (Los Señores de las finanzas: los banqueros que quebraron el mundo), una historia premiada acerca de cómo se llegó a la crisis del 30 mirada desde el trabajo y la cocina de cuatro Bancos Centrales: el de EE.UU., Inglaterra, Alemania y Francia.

“Señores, llegaron seis semanas tarde. La depresión finalizó”, dijo Hoover en junio de 1930 a una delegación de trabajadores que solicitó empleos en la obra pública. Pero ese mismo mes comenzó la economía otra vez a contraerse y ahora sería para peor. EE.UU. y el mundo desembocaron en una recesión global.

Por su parte, el secretario del Tesoro, Andrew Mellon, decía que los especuladores que habían perdido su dinero en la Bolsa “lo merecían”, que debían pagar por su comportamiento irresponsable y que la economía estadounidense no estaba rebotando sino recuperándose. Para Mellon, se avecinaba un proceso que consistiría en la liquidación de los salarios, las rentas y cualquier otro precio de la economía para depurar el sistema económico de sus inconsistencias. Hacía una especie de alegoría bibílica: los buenos sobrevivirían y los malos arderían en la hoguera. Mellon aprovechó al pie de la letra eso de la liquidación de activos: el secretario del Tesoro compró de su bolsillo US$7 millones de pinturas de los zares rusos que el gobierno bolchevique puso a la venta desesperado por el dinero. Estaban en el Hermitage, en San Petersburgo.

Ahora, ¿cómo puede ser que los responsables de llevar la economía y conducir variables tan sensibles hagan declaraciones en medio las crisis que no se condicen con el momento?

La comunicación y la economía tienen un punto de contacto en lo que se llama la teoría de los juegos y se conoce como cheap talk. El cheap talk es aquella comunicación que no altera el beneficio que reciben las personas, empresarios, consumidores, etc. La información no tiene costo de emisión o recepción, no es verificable.

“Yo también puedo sarasear hasta que esté”, dijo una vez Martín Guzmán en el Congreso, pensando que el micrófono estaba cerrado.

“El cheap talk es sarasa”, dice Mario Riorda, director de la maestría en Comunicación Política de la Universidad Austral. “Son expresiones que sí o sí el funcionario debe hacer por su cargo y contexto que enfrenta”.

Riorda explica que el término cheap talk nace aplicado al lenguaje de la Reserva Federal y sus comunicados. La necesidad de decir, transmitir una señal a los mercados sin decir nada. “Otro ejemplo vulgar es cuando está prohibido que un político diga algo en veda electoral. Pero lo vemos hablando al salir de votar y sacándose una foto. Todo eso es sarasa y cheap talk”. Pero también la sarasa podría ser indicador de otra cosa: que se avecina una crisis. Y puede ser una flor de crisis.

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