Es la justicia, estúpido: la verdadera razón por la que Cristina Kirchner esperaba un gran triunfo de Lula Da Silva

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Ni la ideología ni la nostalgia por una “Patria Grande” progresista. La vice buscaba medir la tolerancia y el olvido a las graves acusaciones por corrupción contra el candidato. El resultado electoral mostró lo contrario.

Un paralizante baldazo de agua helada cayó este domingo desde Brasil sobre Cristina Kirchner, apagando la llama que tanto ella como sus seguidores vienen alimentando en off the record: que el esperado -y largamente pronosticado- triunfo aplastante de Lula Da Silva en las elecciones presidenciales sería una evidente y decisiva reivindicación política de la vice, y un posible kilómetro cero para su propia carrera hacia la Casa Rosada.

Los inesperados resultados electorales redujeron aquel fuego a rescoldos, que intentarán ser reavivados si el fundador del PT finalmente se impone en la segunda vuelta prevista para el 30 de octubre. Pero ese cálculo político esconde una razón y una necesidad mucho más profundas para quienes trazan dibujos en la mesa de arena de Cristina: la gravedad de su frente judicial, y la posibilidad cierta de una primera condena por corrupción antes de fin de año.

El operativo K para apegarse a una consagración de Lula como presidente en primera vuelta avanzó con la misma sutileza de brocha gorda habitual en el Instituto Patria: además de las declaraciones públicas, tuits y entrevistas en las que se presentaba ese éxito tan seguro como propio, otro indicio de la importancia capital del asunto para la vicepresidenta puede verificarse en la gigantesca cobertura que los medios adictos a Cristina le dieron a la “elección histórica en Brasil”, con media docena de enviados especiales en el caso de un canal de cable, y la exuberancia de interpretaciones y lecturas celebratorias respecto del inminente regreso de Brasil a la selectiva “Patria Grande” de la izquierda latinoamericana y su significado anticipatorio de una réplica en nuestro país.

Desde luego, esa propuesta discursiva elude el dato de que en Argentina el kirchnerismo ya está en el gobierno desde hace tres años, que su ministro de Economía conduce un enorme ajuste de las cuentas públicas mientras la inflación trepa a niveles desconocidos en las últimas tres décadas y la indigencia alcanza al 9% de la población, superando las ya pésimas marcas dejadas por el gobierno de Mauricio Macri.

Pero ese desajuste -detalle menor en las asiduas contorsiones dialécticas del kirchnerismo- disfraza el verdadero motivo por el cual la vicepresidenta esperaba con tanta ansiedad una victoria rotunda de Lula en Brasil, que no pasa por una supuesta sintonía ideológica ni la posibilidad de recrear el mapa de gobiernos autopercibidos progresistas que coincidieron en el poder regional durante la primera década de este siglo. Un joven Bill Clinton escribiría la respuesta en su pizarra blanca: es la justicia, estúpido.

Cristina esperaba las elecciones en Brasil para medir el nivel de tolerancia y olvido en el país vecino respecto de la compleja y gravosa estructura de corrupción conducida desde lo más alto del gobierno de Lula junto con uno de los empresarios más poderosos de la nación, su mentor y luego protegido Marcelo Odebrecht, titular del gigante de la construcción que llevaba su apellido.

Develados durante la llamada Operación Lava Jato, los entresijos de ese esquema terminaron siendo detallados por 138 ex funcionarios y empresarios arrepentidos, durante una mega investigación penal que hasta ahora permitió recuperar más de 1.500 millones de dólares y cuyas ramificaciones terminaron, entre otros, con los ex presidentes Lula y Michel Temer detenidos. Ese sistema de corrupción estructural -cuyo devenir judicial tuvo giros, contradicciones y denuncias cruzadas– excedió a Odebrecht y a Lula, pero ambos fueros protagonistas excluyentes.

Sólo dos nombres y algunos datos permiten comprender el grado de compromiso del ahora candidato con esa organización, y por qué se trata de un fantasma especialmente tenebroso para Cristina. Entre los principales políticos presos en Brasil, aplastados de pruebas y testimonios en su contra, se encontraron el poderosísimo jefe de Gabinete de Lula, José Dirceu, y su ministro de Economía, Antonio Palocci, identificado como “el italiano” por los empresarios que tramitaban con él coimas y favores. Palocci lo admitió como arrepentido, y aportó más detalles. El influyente senador del PT Delcidio Amaral implicó personalmente a Lula en esos trapicheos.

El ex presidente y ganador de la primera vuelta electoral terminó detenido por una de las causas vinculadas al Lava Jato según la cual había obtenido beneficios personales por parte de otra empresa, la constructora OAS. La Corte brasileña avaló tanto la investigación como la detención en 2018, pero el mismo tribunal luego deshizo su decisión cuestionando la jurisdicción del ex juez Sergio Moro para perseguir delitos fuera del estado de Minas Gerais. El presidente del país ya era Jair Bolsonaro, y las controversias sobre el caso lo habían alejado de los tribunales para depositarlo en las movedizas arenas de la política, la ideología y la conveniencia del establishment brasileño para dejar atrás el escándalo y a la vez coagular las excentricidades y excesos del nuevo inquilino del Palacio de Planalto.

Esa deriva es la que ilusionaba a Cristina Kirchner: que una economía estragada como la argentina y las turbulencias internacionales convencieran a los factores de poder locales -y en su imaginación, gracias a ellos luego al resto de la sociedad- de que la corrupción es un detalle venial en la gran pintura de la política. En verdad, su meta era y sigue siendo más ambiciosa: acá no hubo corrupción alguna, sólo lawfare y persecución de los medios y el macrismo. Una pastilla muy difícil de tragar a la luz de las pruebas ventiladas en decenas de casos tramitados en Comodoro Py.

Rendido ante la evidencia, el mismo Lula admitió en el tramo final de su campaña que en su gobierno hubo corrupción. Un mensaje incómodo para Cristina, que anticipa otros peores: ante los inesperados resultados del domingo y la altísima abstención -más de 30 millones de votantes- el viejo líder del PT estará obligado a profundizar las críticas a la Argentina y su gobierno, con quienes su adversario Bolsonaro es despiadado y mal no le va. El dorado espejo de Venezuela, Bolivia y el eje bolivariano, frente al cual el kirchnerismo se acicala gustoso, es ahora la imagen del espanto para Lula Da Silva, para quien una mera foto con Cristina puede convertirse en una pesadilla. Para ella, esa pesadilla ya comenzó.