Gritos y planteos extremos en la Quinta de Olivos, con Cristina Kirchner y Alberto Fernández en estado de shock

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“Ya sé lo que voy a hacer”, pensó Alberto Fernández. Lo pensó y se lo deslizó a dos personas de confianza, quizá tres: había que pedirle la renuncia a todo el Gabinete y diagramar un nuevo esquema de poder. Era casi la medianoche del sábado pasado. El Presidente permanecía atormentado por la renuncia de Martín Guzmán y por las caras que veía en sus ministros. Había que designar un reemplazante urgente en el Ministerio de Economía. Pero, ¿bastaba con eso?

“El lunes se va a ir todo al carajo -decían a su lado-. Hay que hacer más cambios y relanzar el Gobierno”. Ahí surgió la idea de pedir renuncias masivas.

—¿Qué hacemos? Los diarios están cerrando. ¿Avisamos que esperen? —propuso uno de los asesores presidenciales.

La decisión fue llamar, sin advertir detalles de la maniobra, pero sí para alertar que se venía “una bomba”. La bomba no se produjo. Apenas minutos más tarde, presionado por esas dos o tres personas que conocían su repentina fantasía y que dudaban de la efectividad, Fernández se arrepintió. “Digan que mañana designamos un ministro de Economía y listo, que será el único cambio”, ordenó. Los diarios de papel cerraron con la renuncia de Guzmán. No había sustituto. La crisis recién comenzaba a potenciarse.

El domingo fue un día intenso en la Residencia de Olivos. Sergio Massa era, o parecía, el hombre del día. Alberto lo había convocado para analizar los cambios. En la Quinta entraban y salían Santiago Cafiero, Vilma Ibarra, Juan Manuel Olmos, Gustavo Beliz, Julio Vitobello, Gabriela Cerruti y Juan Manzur. “Sergio está por cumplir su sueño”, se frotaba las manos un viejo dirigente que se mantenía online con él.

El titular de la Cámara de Diputados le planteó a Fernández una alteración radical de las áreas económicas. Desde el manejo de la Energía hasta la AFIP y el Banco Central. Era su requisito para asumir el cargo de jefe de Gabinete. ¿Y Manzur? ¿Alguien pensaba en él? No hacía falta. El tucumano está ansioso por irse. Quiso renunciar hace un tiempito, cansado de las excesivas decepciones con el rumbo y el modo de obrar del Ejecutivo. La fue a ver a Cristina para despedirse y ella le pidió que no se fuera.

Massa se presentó en Olivos. Tenía en mente un menú de economistas con el que pensaba seducir al primer mandatario. La mayoría son dirigentes que Fernández conoce perfectamente porque formaron parte del Frente Renovador que Massa armó en 2013, y al que él mismo se sumó de manera encubierta (porque en ese momento era mala palabra) como jefe de campaña. Massa propuso media docena de nombres, entre ellos, el de Martín Redrado, Miguel Peirano y Marco Lavagna. También tiró uno menos conocido que, cuando lo llamaron para saber si le gustaría sumarse, estaba jugando un partido de fútbol y, al cortar, les contó a sus amigos: “Dije que sí, total ya sé que no van a llamarme”.

Alberto dejó avanzar a Massa. No terminaba nunca de decirle que sí, pero tampoco que no. El diputado tenía el teléfono en rojo. Pero si a alguien le contestaba los mensajes era a Máximo Kirchner, pese a que al líder de La Cámpora no le gustan los mensajes por escrito. Fernández intuyó esos movimientos. Supuso que delante de sus ojos asomaba la topadora camporista y que lo iban a vaciar todavía más de poder.

—Pero, además, ¿todo esto lo sabe Cristina? ¿No pensás hablar con ella? —preguntó uno de los colaboradores presidenciales.

En ese momento comenzó un extravagante operativo para que Alberto se contactara con su mentora. No hubo quien no se lo pidiera. Ni siquiera Beliz. “Hay que convencerlo. Va a nombrar a un ministro que a ella no le guste y se lo va a voltear a los dos días”, decían en los pasillos de la Residencia.

Estaban obligando a su jefe a consensuar el nombre del reemplazante de Guzmán. La más insistente era Vilma Ibarra. Delicias de la vida política. La albertista más crítica del cristinismo ahora le gritaba a Fernández para que reaccionara y que llamara a su socia. Gritaba, sí, literal. Y no era la única. Alberto también llegó a responder con gritos.

—¡No puede ser que la única solución que todos me traigan sea que llame a Cristina! Nadie me trajo nada distinto —reprochaba Alberto.

—No podemos romper la alianza — sostenía Vilma.

—¡No me jodas más, Vilma!

—Ese no es un argumento político —replicaba la secretaria Legal y Técnica de la Nación.

—Escuchá, Alberto. Tenés que escuchar. ¡Escuchá! —decía Vitobello.

A uno de los ministros que se mantenía en silencio se le ocurrió escribirle por WhatsApp a un periodista para contarle la situación. “Escribile a Alberto y decile que la llame. Él a vos te escucha y te va a hacer caso”. El periodista suele chatear a deshoras con el Presidente, incluso de temas intrascendentes como quién conduce tal o cual noticiero, pero el pedido lo tomó por sorpresa.

Desde Perú, donde participaba de un plan de cooperación científica y tecnológica, se sumó Daniel Filmus. Llamó a Estela de Carlotto para pedirle que intercediera. Estela habló más tarde con Alberto. Contaría luego en C5N que lo retó como una madre.

Alberto seguía negado. El albertismo le hizo llegar un mensaje a Cristina de cómo estaban marchando las negociaciones. Alguien le contó a la ex presidenta que Massa estaba acordando todo con Máximo. La vice mandó un mensaje fulminante: “Massa no es mi interlocutor y Máximo es el jefe de La Cámpora”. Y agregó: “ Si quieren saber qué pienso, que me llame el Presidente”.

El llamado se produjo en un momento límite: “En unas horas abren los mercados y no nos salva ni el feriado en Estados Unidos”, dijo uno de los asistentes en Olivos. La demanda periodística era tan incesante que los cronistas se enteraron en tiempo real de la conversación. Cuando la noticia ya podía leerse en los portales, Cristina todavía estaba hablando con su socio. Charlaba con él y, al mismo tiempo, se enteraba de que era público. Brotó de furia. Ya le ha dicho al Presidente que no sabe hacer política sin contárselo al periodismo.

Cuando cortó, Alberto proclamó: “Es Batakis”. Cristina había aceptado, aunque no estaba fascinada con la elección. Para nada. Quizá le llegó el rumor de que, en las conversaciones con la Ciudad por la coparticipación, Batakis se desligaba de La Cámpora. “No tengo nada que ver con ellos, yo soy peronista”, decía. El nombre de Batakis fue el cuarto o quinto que se barajó. Emmanuel Alvarez Agis había sido el primero en decir que no. Los sondeos con Marco Lavagna y Sergio Chodos tampoco prosperaron. En esos sondeos intervino el propio Guzmán. Fue a pedido de Alberto, que lo consultó en reserva, mientras el cristinismo destilaba veneno contra él. “Alberto te va a dar lo que no me dio a mí, las herramientas para avanzar en Energía”, proponía Guzmán. Ninguno le creyó.

Por ese no manejo de algunas áreas Guzmán había decidido irse. Desde enero, Alberto le prometía la conducción del sector energético. Los meses fueron pasando y nada. “El viernes lo echamos a Basualdo y el sábado nos reunimos con el Central para que tengas más poder en la mesa de decisiones”, fue la última promesa de Fernández. Ocurrió 48 horas antes de la carta de renuncia.

Guzmán esperó en vano. El viernes, Alberto volvió a lucir dubitativo y el sábado, directamente, no le atendió el teléfono. Estaba comiendo un asado en Puerto Panal, en las afueras de Zárate. Se enteró allí de la renuncia, que el economista había redactado la noche anterior en su casa. Tuvo que volverse rápido a Olivos.

El lunes, como se preveía, aunque no solo el lunes, los mercados volaron. Se dispararon el dólar blue y el riesgo país. Cristina está espantada: ve venir la tormenta, inexorable y dramática. Alberto y Massa, también.

Se reunieron los tres, en secreto, el miércoles. Al otro día se montó un impresionante operativo para negarlo. El operativo incluyó llamados a periodistas desde la cima del poder. “Te juro por mis hijos que no nos vimos”, se transmitió. La reunión, desde luego, existió.

¿Por qué la negaron? Una primera lectura, acaso superficial, indica que Cristina había pedido expresamente que no se filtrara y que, cuando eso ocurrió, se decidió salir a desmentirla. Hay otra lectura, más inquietante. El contenido de la charla. 

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