Mundos íntimos. A los 25 años me echaron de la empresa familiar. Dolió pero gracias a eso soy psicoanalista, mi real vocación

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Una tarde de 1999, tras una acalorada discusión, mi tío —el hermano menor de mi mamá— a los gritos, sentenció:

​—S i no te gusta, ya sabés dónde está la puerta.

Bajé la cabeza y caminé hasta el auto masticando bronca. Ya en ese entonces me resonaba la frase de Gaby, mi amigo: “El que se enoja, pierde” y yo sentía que tenía muchísimo para perder. Llevaba meses trabajando en la fábrica de colchones que había fundado mi abuelo en 1973 —año en el que nací—, una parte de esa empresa me pertenecía, ya no por herencia sino por el esfuerzo de levantarme a las cinco de la mañana y pasar días enteros entre camiones y máquinas soportando la mirada de los operarios.

Bar Mitzvah. Edgardo Kawior, a sus 13 años, con su abuelo, Leibe.

Estos parecían no entender quién era ese pibe que había aparecido de la noche a la mañana, que por momentos era uno más —jugando un picadito en la cancha del fondo o compartiendo el almuerzo en el comedor—, pero no dejaba de ser el nieto, el hijo y el sobrino de los dueños. Pensaba en las peleas que había tenido mi viejo, desde que yo era chico, con su cuñado —aquel que cortaba el bacalao y ahora me estaba cortando a mí— por sentir que su palabra no tenía peso y ser el marido de la hermana no le otorgaba atributos suficientes para dar voto a su voz. Pensé en su depresión, aquellos largos meses que lo habían tenido tirado en un colchón cuando yo tenía nueve años y mi hermana, cinco. Mi papá no pudo plantarse y hacer valer sus ideas, se enfermó de silencio.

Todo eso pasaba por mi cabeza mientras caminaba hasta el Senda verde, ese que me habían dado para hacer los cuarenta kilómetros que separaban Villa Urquiza del Parque Industrial Tortuguitas. Con 25 años de edad me preguntaba de qué iba a vivir si me iba a la mierda. En el fondo, sabía que no quería trabajar ahí, pero la búsqueda de estabilidad en la víspera de mi casamiento me había llevado a olvidar mis aires de artista audiovisual y a ponerme el overol. Desde mi juventud había trabajado haciendo videos, mientras mis amigos se iban de joda, yo me ponía el traje y encaraba para las fiestas. Después me quedaba muchísimas horas cortando y pegando las mejores tomas en mi isla de edición. Sumaba música, algunos efectos y transformaba esas filmaciones en recuerdos que guardaba en una cinta de VHS.

Al sentarme en el auto me encontré con mis ojos empañados en el reflejo del retrovisor y recordé los primeros meses de mi reciente historia como colchonero, cuando aún no tenía auto y eso me obligaba a ir a la fábrica con mi abuelo. Durante casi un año me había instalado en su departamento de la calle Olazábal. De la casa al trabajo y del trabajo a la casa, el cuerpo no me daba para otra cosa. A las seis de la tarde caía rendido donde fuera. Paradojas de la historia, fabricar colchones para quedarse dormido de parado. Cuando le di arranque al auto me desperté de la pesadilla. Había puesto mi vida en pausa y más allá de las circunstancias, del miedo a no llegar a fin de mes y de que faltaban días para mi casamiento, tomé una decisión. Sabía dónde estaba la puerta.

Graduado. Con gran sonrisa, Edgardo Kawior muestra su diploma de psicólogo.

Aquel fin de semana me casé, el Senda nos llevaría hasta San Bernardo. Pasar nuestra luna de miel en la misma playa en la que nos habíamos conocido seis años antes sonaba romántico, hasta que entramos en la cabaña de Tiempo Compartido que me prestaron mis padres. Resultó lo más triste que podía haber. Las lámparas frías de bajo consumo teñían las noches de verde y el colchón pedía cambio desde hacía años. Paradojas, la vida está llena de contrastes. Regresamos a Buenos Aires y al día siguiente encaré para la fábrica sabiendo que sería mi último viaje al volante del Senda. Subí las escaleras hasta la oficina de mi tío, entré sin golpear y le estampé las llaves del auto y el llavero del portón sobre el escritorio. El vidrio pareció astillarse, pero no me detuve.

—Ya sé dónde está la puerta.

Los días siguientes esperé que alguien saliera a mi rescate. Nadie se metió. Sentí que me había transformado en un fantasma dentro de mi propia familia. Respiraba y transpiraba decepción y no entendía por qué el silencio cómplice de mi abuelo, mi abuela, mi mamá, mi papá. Una profunda angustia se apoderó de mis horas. Recién casado no había cosa que pudiera hacer para llenar mis días. El tiempo se transformó en mi carcelero. Despertaba temprano por las mañanas y le preparaba el desayuno a mi mujer que se iba a trabajar. No podía ordenar mis pensamientos, dar el primer paso para reconstruir algún proyecto personal, más allá de mi flamante matrimonio.

No volví a hablar con mi tío durante cinco años.

Cuando lo no dicho empezó a hacer ruido para salir, volví a escribir, como cuando era chico. Ya no tenía el cuaderno Rivadavia de tapa dura en el que rubricaba mis poesías con tinta azul, pero el cuerpo me pedía a gritos que pusiera en palabras aquello que nadie decía. Escribir es transformar algo en otra cosa y yo lo sabía, pero no recordaba que lo sabía hasta que logré llenar páginas enteras de sensaciones encontradas por la frustración que me paralizaba. Luego de algunas semanas no tuve mejor idea que volver a llamar al psicólogo que me había acompañado durante mi adolescencia. Lo invité a tomar un café y le pregunté.

—¿Qué hago?

Su respuesta fue tan simple como reveladora.

—Si en la fábrica ganabas $1,67 la hora haciendo lo que no te gustaba, buscá ganarte esa guita haciendo algo que te guste.

Entonces regresé a mi primer amor, la cámara. En la televisión, de a poquito, me fui dedicando sólo a la ficción. Disfrutaba muchísimo de la imagen, pero más aún de las palabras. Prestaba atención a los diálogos, a los modos de decir de los actores y actrices.

En 2007 me echaron de la tira en la que estaba trabajando. Esta vez no me dieron opción. Recibí un telegrama de despido que empezaba a poner fin a mi relación con la tele. Sin embargo, sabía que tenía un oficio. La cámara ya me había rescatado una vez. Cuando mi tío —aquel que me había expulsado de la empresa familiar— se enteró de que me quedé sin laburo me ofreció una changa para salir del paso, la realización de un video para los treinta años del country en el que él vivía desde hacía más de diez. La noche de la celebración todo resultó una fiesta. El video generó encuentros inéditos entre quienes llevaban años viviendo en el mismo lugar y ni siquiera se conocían. Al finalizar la proyección, se desató un festival de abrazos y lágrimas que habían estado contenidas. Este suceso fue el origen de una nueva propuesta.

—Queremos que dirijas el grupo de teatro.

—Pero yo de teatro sé muy poco —respondí.

—Sabés más que nosotros y con eso alcanza.

Seis meses más tarde, cuando llegó el momento de elegir una obra para poner en escena, el azar hizo una nueva jugada. Regresé a mi casa después de una de las clases y el primer libro de Gabriel Rolón me esperaba en el mueble que separaba la cocina del comedor. “Historias de Diván”, ocho relatos de vida.

—¿Y esto? —le pregunté a mi mujer.

—Un libro que me prestó Nati.

Me contó brevemente de qué trataba cada historia y no lo dudé ni un segundo. El sábado siguiente llegué con el libro en la mano y les dije a “mis” actores.

—Para la semana que viene lo traen leído. Elijan tres relatos. Esa va a ser nuestra obra de fin de año.

Mi tío fue el productor de la única función. Transformó el gimnasio de básquet en una sala de teatro para cuatrocientas personas. En una pantalla de nueve por seis se proyectaba la escenografía virtual y los videos que ilustraban las escenas. No quise perder la oportunidad de registrar ese momento. Cuando Rolón vio la filmación no podía creer lo que había sucedido. Sus palabras de gratitud se transformaron en un nuevo desafío.

—Hagamos la adaptación para el teatro comercial.

Como en la película ¿Quieres ser millonario? las respuestas y las preguntas empezaron a encontrarse. Aquellos interrogantes que habían marcado mi infancia y luego mi primera adultez, regresaron para dar lugar a mi deseo de analista. En el verano de 2013 ingresé a la Facultad de Psicología. Cursé los cinco años de la carrera en tiempos de giras teatrales. Estudiaba en los micros, en los hoteles, en los teatros, mientras armábamos o esperábamos el inicio de las funciones. El día que defendí mi tesina, confirmé mi decisión. Deseaba ser psicoanalista. En mi propio análisis apareció una y otra vez la pregunta respecto a ese paso —a la distancia, fugaz— por la empresa familiar. Un año y medio en veinticinco años de historia es apenas un rato. ¿Habré querido experimentar la frustración de mi padre? Aquellos días junto a mi abuelo, ¿habrán sido la construcción de recuerdos tan preciados que me guardo para siempre? ¿Fui a la fábrica de colchones a buscar alguien que me empujara al mundo?

Con el correr del tiempo, llegaron los primeros pacientes y la posibilidad de empezar a construir mi modo de escuchar, de estar ahí frente a la angustia del otro. Como cuando di mis primeros pasos registrando imágenes con la cámara, la creatividad sigue siendo mi mejor aliada a la hora de jugar con las palabras. El psicoanálisis es música, por eso los silencios cuentan. Disfruto al darle tiempo a esos silencios, aprendiendo a desarrollar la paciencia, materia prima de todo proceso analítico, de toda apuesta terapéutica. Me gusta la lógica de la improvisación que se da en ese “entre dos”, ese instante mágico en el que algo se modifica ante la novedad de un nuevo descubrimiento. Quizás lo que más amo de este arte, que a veces busca estatuto de ciencia, es al sujeto, ese que intenta decir aquello no dicho, ese que lucha por transformar su dolor en saber.

Mi consultorio está a pocas cuadras de aquel bar, frente al Parque Sarmiento, en el que desayunaba con mi zeide (abuelo en idish) Leibe. Cada tanto, me hago una escapada, me pido un café con leche con medialunas y disfruto al sumergir cada una en la taza enorme, humeante. Pienso que la vocación es un llamado que acontece, más temprano o más tarde, en la vida de las personas. Que la frase “si no te gusta ya sabés dónde está la puerta” fue el modo que encontró mi tío de empujarme al mundo del deseo, ese que está siempre afuera y genera miedo. Cada vez que recuerdo aquella tarde en su oficina, fantaseo con la escena de Cinema Paradiso en la que el viejo, ya ciego, le dice al pibe al oído: “No vuelvas”.

El aislamiento que impuso la pandemia despertó algunas preguntas que habían quedado resonando. En la escritura y en el psicoanálisis encontré el camino para reelaborar mi historia. Parte de esa producción se transformó en un libro. Mi tío fue uno de los primeros lectores y —a 25 años de cerrarme la puerta de la fábrica— volvió a aportarme un cierre que hoy elijo para dar fin a este relato.

Felicitaciones, Kawior. Me encantó tu dedicatoria y tu novela. Yo fui testigo de tu historia y de algún modo me siento involucrado en tu relato. Puro sentimiento, a corazón abierto sin medir lo que te pueda volver a herir. Bah, muy vos. Te quiero mucho. Tu tío Fabián.

Un silencio de años puede tener un final feliz, o un nuevo comienzo. El deseo de analista llegó a mi vida como un llamado, la vocación de hacer algo con las palabras, las que se pueden decir y las que cuesta prestarles la voz. La escritura fue otro de los modos que encontré para transformar el dolor en otra cosa. Mi experiencia despertó a otros y el deseo de ellos me llevó a crear —casi sin darme cuenta— un sello editorial.

A veces, la vida te echa a patadas en el culo de ese colchón calentito que te da seguridad. Nacer no es salir al mundo. Salimos al mundo cuando le abrimos la puerta a nuestro propio deseo.

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Edgardo Kawior. Licenciado en Psicología, se define como un Psicoanalista en construcción. Ha escrito, producido y dirigido para teatro y televisión. Escribió junto a Gabriel Rolón y Charlie Nieto “Historias de Diván, la obra”. Dirigió “Una obra en construcción”, con Casciari. Creador del ciclo Pretextos. Autor de “El enigma de la verdad, ensayo en tres actos sobre psicoanálisis y teatro” (Letra Viva). En 2020 fundó el sello Ediciones Pontevedra con el que publicó “La Madre Jodida”, su primera novela. Practica el psicoanálisis como Concurrente en el Centro de Salud Mental N°3 Dr. Arturo Ameghino y en su consultorio privado.

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