Máximo Kirchner: el heredero sin diploma

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La frase de Néstor Kirchner dejó helados a los amigos de su hijo que le habían pedido una reunión en la Quinta de Olivos. Estaban ahí, junto a su líder, Máximo, para reclamar una mayor presencia de La Cámpora en las primeras filas del Gobierno.

El ex presidente les dijo:

—Muchachos, me piden cargos. ¿Pero cuántos de ustedes me pueden mostrar un título universitario?

Ninguno se animó a contestar. Mucho menos, el hijo. Las estadísticas le daban la razón a Kirchner padre. De los siete fundadores de La CámporaMáximo, “El Cuervo” Larroque, Mayra Mendoza, Juan Cabandié, “Wado” De Pedro, Mariano Recalde y José Ottavis–, cuatro no tenían más que estudios secundarios. Entre ellos, el heredero de Néstor y Cristina Kirchner, que había intentado sin suerte la carrera de Derecho y luego la de periodismo, y que como únicos trabajos antes de meterse en política contaba los de cronista de vestuarios en Racing y cobrador de alquileres en la inmobiliaria familiar.

El encuentro en el que el ex presidente descalificó a su hijo y al resto de los jóvenes K ocurrió poco antes de su muerte en noviembre de 2010, y desde entonces todo cambió. Los camporistas sin títulos ganaron terreno y cajas en la administración de Cristina viuda y el propio Máximo se convirtió en el principal apoyo de su madre. Ya no es el “che pibe” al que Néstor no terminaba de confiarle una misión política, sino que hoy, cuando habla él, es como si lo hiciera CFK. Es casi una extensión de la mujer más poderosa del país y, por ende, tiene ambiciones propias, incluida la de algún día gobernar la Argentina.

En estos días, Máximo dio muestras de su nueva centralidad. El sábado 18 asumió la presidencia del PJ bonaerense, el trampolín desde el cual proyecta quedarse con la gobernación de la Provincia como paso previo a una aventura presidencial. Horas antes, el viernes, también atrajo la mirada de todos por el encendido discurso que dio como jefe del bloque de los diputados del oficialismo, que hizo añicos el principio de acuerdo que había con la oposición para aprobar la ley del Presupuesto. Máximo acusó al macrismo por todos los males que hoy sufre el Gobierno, incluido el de tener que negociar con el FMI, y los diputados de la oposicón lo dejaron solo. La ley, clave para Alberto Fernández, no salió.

Tras las críticas que recibió, el diputado solo dijo: “Quieren que dé la patita y haga el muertito, pero yo no me voy a dejar domesticar”.

Máximo creció, pero su déficit sigue siendo el mismo que cuando Kirchner lo retó junto a sus amigos camporistas: no parece tener la preparación adecuada. De los presidentes que tuvo el país, la mayoría fueron abogados. Solo tres no contaban con estudios más allá del secundario: Bernardino Rivadavia, “Isabelita” Perón y Rául Lastiri. Importantes sectores del kirchnerismo aspiran a que Máximo se convierta en el cuarto, aunque por estas horas el ministro del Interior, “Wado” De Pedro, desechara esa posibilidad para el 2023.

Máximo Kirchner, el alumno

En Río Gallegos, Máximo egresó del colegio provincial República de Guatemala. Sus calificaciones no eran nada buenas, como tampoco lo habían sido las de su padre en otra época. Cristina alguna vez contó que el profesor de Educación Física reprobó a su hijo en el secundario porque aducía que “no sabía hacer la vertical”. CFK, por entonces legisladora provincial, fue a hablar con el docente y le explicó que ella y su marido no practicaban esa pirueta en casa, por lo cual Máximo tampoco sabía hacerla, sino que se dedicaba a actividades “más intelectuales”. Le pidió ser más contemplativo, y el profesor terminó cediendo. Después de todo, el hombre trabajaba en un lugar que estaba bajo la órbita del Ministerio de Educación de la gobernación de Kirchner.

Después de terminar el secundario, la idea del matrimonio fue que el hijo estudiara en otro lugar para alejarlo de otros jóvenes de la capital santacruceña a los que Cristina señalaba como malas compañías. Incluso hay un biógrafo de Máximo, el periodista Eduardo Zanini, que habla de fiestas y excesos por esos tiempos, y hasta menciona el decomiso de supuestas sustancias ilegales, algo que nunca fue comprobado pero ya es parte del mito en Río Gallegos. ¿Adónde enviar al heredero para que cambiara de ambiente? La decisión de los padres –no la de Máximo– fue que estudiara Derecho en la Universidad Nacional de La Plata, el mismo lugar en el que se habían conocido Cristina y Néstor en los años 70. Tenía que ser abogado, como ellos.

Promediaba la década del 90 cuando el joven se instaló en la modesta casa de su abuela Ofelia Wilhelm en el barrio de Tolosa, en las afueras de La Plata, para cumplir con el mandato paterno. La madre de Cristina se encargaría de cuidarlo mientras estudiara allá. Pero la experiencia duró menos de un año. Enseguida Máximo se dio cuenta de que la abogacía no era lo suyo, y que memorizar le resultaba tedioso y casi imposible. Faltaba bastante a clases, aunque ahí estuviera Ofelia vigilando sus entradas y salidas, y terminó de frustrarse tras los primeros exámenes que reprobó. Para fines de año, además, ocurrió algo que terminó de asustar a la familia. Máximo declaró como testigo tras una gresca en un boliche de la zona, pero esa contribución a la Justicia tuvo consecuencias. Se había metido con la gente equivocada, una banda de jóvenes violentos que se tomaron el trabajo de rastrearlo y amenazarlo.

La abuela Ofelia fue la que salió a la puerta de su casa y escuchó temblando el mensaje de los pandilleros para su nieto. Enseguida le avisó a Cristina, y el “osito”, como lo llama su madre, fue embarcado rumbo a Buenos Aires. Allí se instaló en el departamento que la familia tiene en Recoleta, con vista a la plaza Vicente López.

En la gran ciudad, Máximo no quiso repetir la mala experiencia de La Plata y la carrera elegida por sus padres. Esta vez, decidiría él: periodismo. Para Cristina y Néstor, alérgicos a la prensa, resultó una noticia conmocionante, aunque optaron por apoyarlo. El joven se anotó en el instituto privado Taller Escuela Agencia, más conocido como TEA, donde aún queda registro de su inscripción, pero no mucho más que eso. Los profesores lo recuerdan por su parquedad y sus repetidas ausencias, y también por una costumbre curiosa: escribía sin acentos. Incluso cuando se trataba de su nombre: Maximo.

De su rendimiento académico no puede hablarse porque, en el año y medio que duró la aventura, el alumno no se presentó a rendir los parciales. El infeliz descubrimiento lo hizo la abuela Ofelia cuando viajó a la ciudad por indicación de Cristina para consultar sobre el rendimiento de su nieto. En la administración de TEA le respondieron que Máximo no solo no se presentaba a los exámenes, sino que no cumplía con la asistencia obligatoria.

“Si se entera la madre, lo mata”, contestó la abuela, compungida.

Había algo más: el joven debía cuotas. ¿En qué había usado la plata que sus padres le transferían para pagar sus estudios?

Por esos tiempos, una carambola del destino hizo que consiguiera su primer trabajo como periodista. Su madre tenía la esperanza de que, aun si a Máximo no le gustaba el estudio teórico del periodismo, la práctica sí pudiera atraparlo. La oportunidad se dio cuando Wilmar Caballero, un ex corresponsal de Clarín en Santa Cruz, le ofreció al gobernador Kirchner transmitir la campaña de Racing por todo el país con la radio provincial LU14. Sabía del fanatismo de Néstor por ese equipo. En eso intervino CFK, presente en la charla: “Ay, Wilmar, Máximo está estudiando periodismo y lo tenés que sumar. A este pibe lo tengo que encaminar de alguna manera…”. La escena la cuenta el periodista Juan Cruz Sanz, oriundo del pago chico de los K.

Caballero aceptó la propuesta y así fue como Máximo se sumó como cronista de vestuarios y de campo, aunque solo terminaría haciendo lo segundo por culpa de su timidez. Durante meses, de abril a octubre de 1997, siguieron a su amado Racing por todas partes, y la voz del hijo se escuchó en breves y parcas acotaciones durante las transmisiones. Por ejemplo: “Hay movimientos en el banco visitante”. Después, el proyecto se cortó.

Para el joven cronista, el momento más inolvidable –por lo patético– fue un intento de entrevista a César Luis Menotti, el célebre técnico del archirrival Independiente.

—Menotti, ¿le puedo hacer una nota?

—Sí, dale, pibe. ¿Ahora?

A Máximo le temblaron las piernas. Prendió el grabador. Se hizo un silencio sin fin.

—¿Arrancamos? —lo apuró el DT. Y ante la falta de respuesta, se apiadó del inexperto cronista.

—Mejor lo dejamos para otra vez.

Menotti recuerda la escena cuando se lo consulta.

—Sí, se quedó ahí callado. Después volví a verlo, pero no hablamos del tema.

Tras su frustrado paso por los claustros y las canchas, el heredero volvió a Río Gallegos, donde su padre lo puso a las órdenes de Osvaldo “Bochi” Sanfelice, que maneja la inmobiliaria familiar. Así, Máximo pasó a dedicarse a la cobranza de los alquileres de la veintena de propiedades de los K. La orden de su padre a Sanfelice fue terminante: “Si no va todos los días, lo cago a palos”. Y Máximo fue. En cierto modo, ese mundo de documentos y trámites que incluía tiempo para la siesta se convirtió en la primera rutina que le dio cierta paz interior.

Influencias

Hay otra faceta del heredero que la mayoría desconoce. Fue él quien inició a sus padres en la pasión por el setentismo. Cuando ellos lo escucharon hablar maravillas de un libro del periodista y ex montonero Miguel Bonaso, “Recuerdo de la muerte”, y luego de otro, “El presidente que no fue”, sobre el breve gobierno de Héctor Cámpora, entendieron que ahí había un fenómeno que, desde el relato épico de los años de lucha, convocaba a los jóvenes. Se pusieron en contacto con Bonasso y con muchos otros, y adoptaron esas banderas del peronismo revolucionario que hasta antes de su conversión miraban de reojo.

En los primeros tiempos de la presidencia de Néstor era común que el matrimonio citara a la Quinta de Olivos a ex combatientes montoneros y del ERP para interrogarlos durante horas. Les pedían detalles, clamaban por escenas de acción y sangre como si se tratara de un curso acelerado de épica setentista. Máximo participaba de esas sesiones. Y los visitantes terminaban exhaustos.

En el relato de La Cámpora, desde el “vamos por todo” hasta “acá tenés los pibes para la liberación”, se ve reflejada esa mirada adolescente del mundo. Kirchner antes y Cristina ahora entienden que el FMI es un mal necesario, un prestamista, a fin de cuentas, al que pedirle dinero. Pero Máximo realmente lo considera un ente demoníaco. Su discurso de barricada es auténtico, y en eso radica el problema que el Gobierno ahora tiene para arreglar con el Fondo.

La construcción mediática oficialista alrededor de la figura de Máximo no habla de sus carencias académicas, sino que lo ensalza como un fino estratega, un líder carismático e inteligente. El propio Alberto debió admitir en público, luego de asumir el poder, que el hijo de Cristina sería un muy buen candidato presidencial a futuro. Y el periodista Joaquín Morales Solá cuenta lo que la ex presidenta le dijo a Florencio Randazzo cuando le pidió que lo acompañara en su lista legislativa en el 2017. “Florencio, nos tenemos que hacer cargo de esta transición”, le dijo. Randazzo se sorprendió: “¿Transición hacía dónde?”. “Para que Máximo sea presidente”, le contestó CFK.

Máximo podría sumarse a la lista de hijos presidenciales –en su caso, por parte de padre y también de madre– que llegaron al poder, un fenómeno que se da en distintos lugares del mundo, por vía democrática o autoritaria. Ahí están George W. Bush, Xi Jinping, Kim Jong-un, Joseph Kabila, Andrés Pastrana, Jorge Battle, Eduardo Frei o los medio hermanos Somoza, entre otros. La diferencia es que todos ellos sí tienen estudios además del título secundario.

No debe ser fácil para Máximo vivir a la sombra de dos padres ex presidentes que, a su edad de hoy, 44, ya eran políticos exitosos que habían ganado elecciones y que no pararían hasta llegar a la Casa Rosada. Si el hijo ahora comanda a los diputados del Gobierno, ocupa la titularidad del PJ bonaerense o suena como candidato a gobernador o Presidente, ¿es por mérito propio o se lo debe a su apellido? La pregunta lo atormenta.

Cuando allá por el 2006 empezó con su proyecto de La Cámpora, empujado por su madre, tardó ocho largos años en dar su primer discurso, y eso que era el líder de la agrupación. Pánico escénico, como cuando le tocó entrevistar a Menotti o rendir los exámenes de la facultad.

Máximo en privado dice que quiere ser Presidente. Es lo que se espera de él.

Pero, ¿realmente quiere?

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