Juan Manuel Cruz, el pibe que cenaba con Zlatan Ibrahimovic y que fue extranjero en su país

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A los 22 años y con un puñado de partidos en Primera, Juan Manuel ya sabe qué casete ponerse cuando se cruza algún micrófono. Sabe que le preguntarán por su papá, que la comparación resulta inevitable y que deberá transitar entre el orgullo permanente y la repercusión incipiente de “ser el hijo de”.

Pero en el mismo predio en el que ahora es protagonista de su sueño y un par de décadas atrás era Julio el que daba el salto con la etiqueta de “Jardinero”, allí también estaba Lorena Martínez.

Mi vieja también era deportista -cuenta Cruz-, vivía en Monte Grande y desde chiquita jugaba al tenis acá en Banfield. Le iba re-bien. Jugaba torneos internacionales, se iba a Estados Unidos y ganaba en dólares. Era bastante buena”.

Llegó un momento en el que Julio y Lorena, noviecitos del club y deportistas con proyección, tuvieron que optar: uno de los dos debía acompañar al otro. A los 18 años se casaron y a los 21, cuando Lorena ya había decidido seguir los pasos de su compañero de vida, nació Juan Manuel, el más grande de los tres hermanos.

Juan Manuel Cruz, junto a su hermana, ambos de la mano de papá Julio, en el homenaje al Jardinero Cruz en Inter.

Ninguno de los dos quería que yo jugara al fútbol y los entiendo. Mi vieja porque priorizaba mi estudio y mi viejo por su experiencia, sabía todo lo que había vivido de chiquito, en inferiores y pensaba que no era lo mejor para mí. Lo que yo sabía era que tenía que terminar el colegio. Y una vez que lo terminara, ahí sí, podía hacer lo que quisiera, ya sea seguir en la Facultad o intentar una chance en el fútbol”.

A fines de 2016, Agustín Urzi, que tiene un año menos que Cruz, ya llevaba ocho en las inferiores de Banfield. Para Juan Manuel el camino era otro. Había logrado lo que Julio y Lorena no habían podido, terminar el colegio. Con el objetivo cumplido, tenía que ver si estaba a tiempo de entrar al mundo del fútbol.

Al mes de vida, en brazos de su mamá y acompañados por su abuela, Juanma tomó su primer avión: Buenos Aires-Róterdam. Allí estaba jugando Julio en el Feyenoord. El repaso sigue. Cinco mudanzas en 11 años. De Holanda a Bologna. De Bologna a Milán. De Milán a Roma. De Roma a Milán otra vez. Y de Milán a Buenos Aires.

—¿Hay algo malo de ser hijo de un futbolista?

—En ese momento no lo registraba. Pero ahora cuando lo pienso, mi viejo pasó muchos años en clubes europeos que tenían triple competencia, entonces no vivía mucho con nosotros, se la pasaba concentrando o viajando. Y ahora me doy cuenta porque me pasa a mí. Yo quiero estar mucho más con mi hermanito chiquito, que tiene 7 años, soy el padrino y lo quiero como si fuese mi hijo.

Figo y Zlatan Ibrahimovic eran dos amigos del trabajo del papá que iban a comer a la casa y se quedaban hasta tarde hablando. Es más, Juan sigue siendo amigo de las hijas del portugués, que vivían dos pisos debajo en el mismo edificio. Algo normal en su rutina.

A la edad que ahora tiene su hermanito, paseaba de la mano de su madre en el Mundial de Alemania. Fue en ese evento cuando le cayeron dos fichas juntas: que su padre era un jugador de elite y que él quería seguir sus pasos.

“Todos los días cuando llegaba del colegio ponía en Youtube ‘goles de Cruz´’. Agarraba la computadora y los miraba a escondidas. Ahora ya no pongo porque capaz que salen mis goles”, se ríe.

—¿A qué minuto el relator dice que te parecés a tu papá?

—¡Todos los partidos lo mismo! El otro día, contra Vélez, el árbitro Mauro Vigliano en medio del juego me dijo “che, sos igual a tu viejo”. Me cagué de risa, qué voy a hacer. Es más, cuando terminó el partido, viene Pratto y me dice “bien, Julio”. Es cierto que la forma de correr y los movimientos son muy parecidos.

Juan Manuel, en sus primeros pasos en el fútbol y con el “ADN banfileño”.

Hizo toda la primaria en Italia, el jardín en Bologna, los primeros grados en Milán y finalizó la etapa en Roma. Primero aprendió italiano, después inglés y el tercer idioma era español. “Solo lo hablaba en casa, con mis viejos. Era más tano que argentino porque iba a un colegio bilingüe: italiano-inglés. Es más, cuando mi viejo se retiró y decidieron venir a vivir a Argentina la razón principal era que aprenda a hablar bien el castellano”, recuerda.

En el Colegio San Jorge de Quilmes tenía doble escolaridad, entraba a las 8 y a salía a las 16.30. Ahí Juan Manuel estaba en un grupo de extranjeros. “Al principio me costó acostumbrarme, fue jodido. Me tomaron como extranjero porque mi nivel de idioma era muy bajo. Estaba en un curso con compañeros que venían de China, de Vietnam, de lugares muy diversos. El colegio era bilingüe y a mí me costaban más las materias en castellano que las que teníamos en inglés. Cuando llegaba Lengua, por ejemplo, separaban los grupos y me ponían con los extranjeros. Me acuerdo que cuando nos mudamos definitivamente acá, mi abuela me preguntó, ‘¿a ver Juanma, cómo escribís “yo”?’. Y puse ‘io’ como en italiano. Me cargaban todos”.

Si de estudio y fútbol se trata, Juan Manuel escuchó una anécdota de su padre que le dejó una huella. Cuando Julio estaba en Temperley, haciendo el camino de inferiores que su hijo salteó, un entrenador lo encaró y le dijo: “Vos andá a estudiar que no servís para el fútbol”.

—¿Sentís que evitaste ese costado oscuro de las inferiores?

—Sí. Mi papá lamentablemente le hizo caso a ese técnico, quedó libre y dejó de jugar por un tiempo. Son experiencias feas. Y te frustrás. Les pasa a un montón de chicos. Después, obviamente, tengo la desventaja de tantos entrenamientos y trabajos que hicieron mis compañeros. Mientras yo estaba en el colegio comiendo una hamburguesa, ellos estaban entrenando doble turno.

—¿Y cómo ves toda la presión con la que cargan los pibes?

—Los chicos dejan todo para cumplir su sueño, tengo amigos que siguen en la pensión. Y cada historia es terrible, vienen de Córdoba, de Santiago del Estero, de Neuquén… Dejan todo y llegan con la ilusión de salvar a la familia. Yo no lo viví. Y trato de ayudarlos porque antes que nada son personas que necesitan afecto. El que lo ve de afuera dice: “Qué lindo jugar al fútbol, la gente te quiere, hay mucha plata” pero hay toda una historia difícil atrás.

De las seis materias que cursó en el inicio de la carrera de Contador Público en la sede de la Universidad Católica de Puerto Madero, aprobó cuatro. Dice que por ser su primer cuatrimestre, le fue bastante bien, pero admite que “mientras iba a la facultad lo que quería era ir a jugar al fútbol”. En ese momento, con casi 18 años, solo jugaba en intercountries. “Ya ni pensaba en ser futbolista, mi vida era la de un estudiante”.

Juan Manuel tiene 22 años; entró al mundo del fútbol a los 18. Foto: Maxi Failla

—¿Cómo jugaba el miedo al qué dirán en un ambiente bravo como es el del fútbol? 

—Al principio te da un poco de miedo, te preguntás muchas cosas sobre cómo será un vestuario de juveniles o si van a decir “che, este está acá porque es el hijo de”. Más cuando entrás de grande y ya escuchaste todo lo que se dice. Es más, yo lo hablaba con mis compañeros del colegio: ahí mismo ya vivíamos en una burbuja porque estabamos todo el día juntos, terminábamos con la doble escolaridad y después nos seguíamos viendo afuera. Cuando me viene a probar a Banfield fue salir de ese lugar. Por suerte, me tocó un grupo espectacular. Y lo otro es inevitable, voy a ser siempre “el hijo de”.

—Cuando tengas un hijo o una hija, ¿qué le vas a decir?

—Primero que estudie y después vemos. Es fundamental y lo agradezco. Mi viejo siempre se queja de que no sabe inglés. Hoy en día tiene amigos que le mandan mensajes y me dice “Juan, ¿qué escribió acá?”. O se va a una reunión en China en la que todos hablan inglés y no entiende nada. Yo soy el primero de la familia que pudo recibirse y eso es un orgullo. 

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