Treinta años no es nada

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Treinta años pasaron desde el partido homenaje que marcó el retiro de Ricardo Bochini del fútbol. Desde aquella noche en la Doble Visera pasaron treinta 19 de diciembre. Pero este aniversario que se cumple hoy es distinto a todos los anteriores. Y no es que el paso de los años incremente la nostalgia. Tampoco la evidencia de que cada vez es mayor la diferencia entre los equipos que integró el Bocha y los actuales. Esta fecha es distinta porque hace apenas dos semanas el Maestro volvió.

Fue en el homenaje que le hicieron cuando bautizaron al estadio del Rojo con su nombre. Jugó quince minutos un amistoso entre veteranos de Independiente y de San Lorenzo. Fueron suficientes. Hizo dos goles. El segundo, de penal, no cuenta. Pero el primero fue glorioso. Inexplicable. Pero no para el Bocha, a pesar de sus 67 años. Cuando la pelota le llegó estaba al borde del área, con el arquero adelantado y un defensor que corría para cubrir el arco. La reacción fue veloz, inesperada: sin pararla, la picó en una parábola perfecta para que cayera entre el travesaño y la frustración del defensor. Otro gol bochinesco, preciso, suave, otro gol que apenas mueve la red. Así cerró su obra el Maestro. Con otra genialidad y un mensaje: me retiré hace treinta años, pero acá estoy. 

Recuerdos prestados. El cálculo no es científico ni está comprobado, pero en caso de que fuera cierto sería aterrador: es muy probable que cada vez que juega Independiente, en el estadio haya más hinchas que no vieron jugar a Bochini que los que sí tuvieron esa dicha. Es fuerte. Hay generaciones enteras que se tienen que conformar con recuerdos prestados. El mundo está lleno de sub 35 que solo lo vieron en esas pocas jugadas que ofrece YouTube. De solo pensarlo, estremece. 

Quizá haya sido por eso que el Bocha volvió. Tal vez fue la manera que eligió para que esos pibes y esas pibas que tanto escucharon hablar de su magia tuvieran la posibilidad de ver en vivo, sobre el césped de su estadio, el último chispazo de su genialidad.

Gigante. Que la figura del Maestro tome cada vez más dimensión tiene una explicación. En Independiente tomaron todos los recaudos para que Bochini fuera eterno. Dicho de otra manera: desde que se retiró, los dirigentes hicieron todo mal. Hundieron al club en la intrascendencia y, de esta manera, el pasado fue tomando cada vez más brillo. No fue sencillo, eso sí. Derrumbar un club que con Bochini llegó a ser el mejor del mundo exigió mucha inoperancia y poca transparencia. Pero lo lograron. Durante las distintas gestiones que administraron a Independiente en los últimos veinte, veinticinco años, compitieron para ver quién lo hacía peor. Hoy en el club solo se habla de partidos proscriptos, medidas cautelares y fallos de jueces. Un presente lamentable que agiganta la figura del Bocha.

No todo fue lo mismo desde aquel 19 de diciembre de 1991. A las 11.45 el Bocha convirtió un gol, el partido se terminó y lloró. En 19 años de carrera, fue la primera vez que derramó lágrimas en un campo de juego. Con la roja de toda su vida, recorrió las cuatro tribunas con los brazos en alto y la emoción en la piel. Lloraba por él, lloraba con todos y lloraba también por lo que se venía. El Bocha, que siempre estuvo adelantado a la jugada, vio en aquella despedida que después de él todo se iba a ir al diablo. Y vio también que mucho tiempo después un periodista fundamentalista del bochinismo iba a escribir: “Treinta años pasaron desde el partido homenaje…”. 

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