Bernardo Stamateas: el psicólogo, sexólogo y pastor evangélico que quiso ser futbolista, ajedrecista y clarinetista

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00:21 123 ANIVERSARIO EL LIBERAL

¿Cuándo y dónde nació?

Soy de Buenos Aires, del barrio de Floresta. Nací el 13 de enero de 1965. Es un barrio de clase media. Mis papás, griegos, vinieron de la Segunda Guerra Mundial. Mi papá, cuando vino de la guerra, hacía compostura de calzados. Luego le agarró asma. Así que puso un kiosco en la casa. Yo crecí entre la casa y el kiosco.

¿Cuál es el nombre de sus padres y el de su hermano?

Mi mamá se llama Ana y mi papá se llama Christof. Mi papá fue un día al colegio, primer grado. Mi papá vivía en la montaña en el sur de Grecia. Seria se llama el pueblo y tuve la bendición de conocerlo. Es en la montaña, con doscientas casas. El papá de mi papá le dijo que no podía ir a estudiar porque lo necesitaba para cuidar las ovejas. Entonces, mi papá fue un día, primer grado. Mi mamá estudió un poquito más, hasta tercero. Tuvo que dejar porque estaba la guerra. Con mis tías, ya de chiquita, limpiaban casas y sobrevivían porque la mamá había muerto y un hermano había muerto en la guerra.

¿Cómo está conformada su familia?

Estoy casado con Alejandra hace veinti largos años. Tengo dos hijas, Damaris (30) y Estefanía (24). Muy contentos. Viajando por todo el mundo. Escribiendo, compartiendo con la gente, teniendo la bendición de hacer lo que nos gusta.

¿Cómo ha sido su infancia?

La infancia, antes del celular, jugando al fútbol, a las figuritas, en la calle, con los autos, con los compañeros del barrio. No me gustaba estudiar. El primario fui al María Sklodowska de Curie, a dos cuadras de casa, donde también después estudiaron mis hijas. Me gustaba jugar al fútbol. Yo quería ser futbolista. Después fui al secundario, tampoco me gustaba. Primer año hice con Navarro Montoya (Carlos Fernando, exfutbolista). Así que, de ahí, con el “Mono” (pseudónimo con el cual se lo conocía al exarquero de Boca) nos íbamos al Parque Avellaneda a jugar al fútbol. Quería ser futbolista y casi entro en Independiente, pero, bueno, después la vida me llevó por otros lados.

En eso que la vida lo “llevó por otros lados”, ¿en qué momento, justamente de su vida, eligió las profesiones con las que hoy ha trascendido a nivel internacional?

En 4° año, en el Mariano Moreno (colegio), tuve un profesor de Psicología extraordinario. Daba unas clases buenísimas y ahí me enamoré de la psicología. Estudié en la Kennedy (Licenciatura en Psicología, en la Universidad, en Buenos Aires). Mi vieja me decía: “Hasta el secundario, vos tenes que estudiar. Después, o trabajas o estudias o las dos cosas, pero hasta el secundario sí o sí”. Cuando terminé el secundario me puse a estudiar Psicología. Mi vieja me decía “no es necesario que estudies, ¿eh?”, pero yo ahí decidí empezar a estudiar. Así que hice Psicología. Después hice Sexología en el Hospital de Clínicas (Buenos Aires), tres años. Estudié Educación Sexual, con el Dr. Kusnetzoff (Juan Carlos, psiquiatra y sexólogo), dos años más. Después, hice unos posgrado de terapia de pareja y después la Licenciatura en Teología. Seguí estudiando. Después hice el doctorado. Ahora estoy haciendo el doctorado en Filosofía. Seguimos estudiando.

Como hijo de inmigrantes, nuestros padres y abuelos querían que su descendencia se formara para no sufrir lo que ellos sufrieron. ¿Esa huella lo marcó a usted?

Claro, sin lugar a dudas. Los otros días me decía un papá de Entre Ríos: “Mirá, Bernardo, estaba en la charla con los chicos que se iban a Bariloche y me puse a llorar”. Cuando le pregunté qué le pasó, me dijo: “Me puse a llorar y tuve que salir de la reunión porque me acordé que mi mamá pelaba papas en el colegio. Mi mamá era la cocinera. Nosotros, con mis hermanos, en los recreos, no íbamos a jugar sino que íbamos a ayudar a mamá a pelar papas. Éramos pobres, vivíamos en piso de tierra, no teníamos para comer y ahora mi hija se estaba yendo para Bariloche”. Entonces, lo felicité y cuando me preguntó por qué, le dije que valió la pena porque su hija logró lo que él no había podido. Empezó a llorar de nuevo y me dijo que era de alegría. Los hijos, los nietos reparamos a los padres y los padres se reparan en el ver a los hijos y a los nietos que avanzaron.

¿Esa reparación requiere de un contexto especial o simplemente es la actitud ante la vida?

Si está el contexto, mejor. El dinero no hace a la felicidad, pero ayuda, dicen. El contexto es importante, pero no es determinante. La otra vez, otra persona, de otra provincia, CPN ella, me reveló: “Yo no fui buena alumna, Bernardo. En realidad, me regalaron la carrera”. Le pregunté si cuántas materias había cursado. Me contestó que 42 materias. Yo le dije que “la verdad, necesito que nos saquemos una foto”. “¿Por qué?”, me dice. “Porque sos la primera persona que, en 36 años de profesión, que le regalaron 42 materias”. Ella me contó: “Mi papá nos abandonó, nosotros vivíamos con mi mamá, mi mamá limpiaba casas. Yo tenía dos hermanitas más chiquitas. Para estudiar, tenía que hacer dedo y viajar a 100 kilómetros al pueblo donde la universidad daba las clases y estar dos o tres días. Tenía que chequear que me lleven porque no tenía plata para el ómnibus, donde hospedarme, que no me violen en el camino. Después de dos o tres días que cursaba todo el día, volvía, ayudaba a mi mamá y cuidaba a mis hermanitas. Así tardé ocho años, no me daba la cabeza”. Le dije: “Te felicito porque vos tenías un tanque de combustible de 10 litros y vos no lo ibas a gastar todo para estudiar porque vos tenías que cuidar a tus hermanitas, ayudar a tu mamá, viajar, chequear que no te violen, ver como conseguías el peso para que tengas para comer. Vos sos una genia”. El contexto es otro texto. No hay que perder de vista el contexto. Ahora, fíjate, si yo te sacó el contexto y ella, sin contexto, me dice: “No me daba la cabeza”. El contexto es otro texto.

¿En su caso, Bernardo?

El contexto me favoreció. Mi contexto fue de fútbol, de amigos del barrio, de figuritas, de bolitas, de cochecitos. No había celular. Si hubiese habido celular estaba como los pibes de ahora. No había celular, las puertas estaban abiertas, la confianza, el estrechar la mano era un documento. Entonces, me críe en ese contexto. En un contexto de una familia trabajadora, demasiado. A las cinco de la mañana se abría el kiosco y a las 12 de la noche se cerraba. Entre mis viejos se turnaban. Cuando crecimos con mis hermanos también hacíamos unas horas en el kiosco. Nunca nos fuimos de vacaciones. No sabíamos lo que eran las vacaciones. Mi viejo decía que había que ahorrar, ahorrar tienen que estudiar.

¿Por qué cuesta, muchas veces, romper con los mandatos familiares?

Una cosa es el deseo y otra el mandato. Todos los papás tenemos un deseo sobre los hijos. El que dice que no está mintiendo. Todos tenemos, en algún recoveco de nuestro corazón, el deseo. Hasta ahí vamos bien, pero el mandato es un imperativo y tiene la fuerza del orden donde si no lo haces te voy a desheredar, ¿de qué?, del amor. La copa de oro es el amor. El mandato tiene eso de que te frustra. Siempre tenés la medalla de plata y nunca la de oro. Entonces, tenés que trabajarlo a eso.

“TODO LO QUE VOS RECIBAS DE OTRAS DISCIPLINAS LO VAS CONECTANDO TODO LO QUE UNO APRENDE, SUMA”

Hablando en términos de metáforas, ¿usted cree que el futbolista hubiera trascendido como lo hizo el psicólogo, el sexólogo y el pastor evangélico?

A mí me gustaba el fútbol. Yo jugaba de 8 y me gustaba. Estaba la posibilidad de ir a Independiente a las Inferiores, pero como todo futbolista tenías que internarte y mi vieja no quiso. “Primero estudias y después vas a jugar al fútbol y hace lo que quiera”, me dijo. Entonces, se me dio por el ajedrez. Quería ser ajedrecista. Yo seguía a Kárpov (Aatoli Evguénevich) y a todos los grandes ajedrecistas, Yo estaba en el kiosco horas con el ajedrez. Después, mi tercera vocación frustrada es clarinetista. Mi papá, a los 9 años, vino con un clarinete y un acordeón. Entonces, a mi hermano más grande, Samuel, le dijo: “Vos sos el más grande, tomá el más grande. Y vos sos el más chico tomá el más chico”. “¿Qué es esto, viejo?”, pregunté. “Yo no pude estudiar clarinete y vas a estudiar vos”, me dijo. Mirá que psicólogo mi viejo. Quería que le repare el trauma de que no pudo estudiar clarinete. Para ser corta la historia, no me gustaba el clarinete. Hasta los 13 años, te diría 14, mi viejo me llevaba a la fuerza a estudiar clarinete hasta que llegué a un profesor, llamado Salomón Jacobson. Me fui con mi viejo y mi viejo le dijo: “Yo quiero que toque las canciones griegas”. Cuando quedamos solo con Jacobson, me pregunta: “¿Luisito (es el segundo nombre de Stamateas), a usted el clarinete no le gusta?”. Cuando le digo que no me gusta, me pregunta si qué música me gustaba. Le respondí que era el jazz. Cuando le dije que era Benny Goodman, fue, trajo el clarinete, tocó “Mermelada de clarinete”. Entonces, dije, ahora quiero aprender y me enamoré del clarinete.

¿Qué le enseñaron el futbolista, el ajedrecista y el clarinetista?

El futbolista me enseñó a jugar en equipo, que los logros se consiguen en equipo. El ajedrecista me enseñó que no hay que apresurarse, que hay que pensar cinco o seis jugadas, darte tiempo y mirar lo que hace el otro también, no te apresures. El clarinetista me enseñó a improvisar y a disfrutar. Yo me acuerdo que tocaba una música y mi maestro me decía “interprete, no toque”

¿Cuánto del futbolista, del ajedrecista y el clarinetista aplica hoy el psicólogo, el sexólogo y el pastor evangélico?

Todo se mezcla. Hay mucha gente que me dice que estudió una carrera que después no le gustó y la dejó. Todo lo que uno estudia es un aporte. La educación aporta siempre. Un amigo, que estudió en Harvard, me contó que hicieron un seminario con Evander Holyfield (boxeador) sobre boxeo. Me dijo que había doctores en Física, premios Nobel de Economía, Matemáticos, Psicólogos. También me dijo que hicieron una materia con Spielberg (Steven, director de cine) sobre la creatividad. “Bernardo, lo que hoy se sabe en la inteligencia múltiple y en la multiplicación del pensamiento que no es A + B es A x B x C”, me dijo. Entonces, todo lo que vos recibas de otras disciplinas lo vas conectando, lo vas mezclando. Todo lo que uno aprende suma.

“LA SEXUALIDAD SIEMPRE ES UN TEMA MOVILIZANTE PORQUE TIENE QUE VER CON LA INTIMIDAD”

¿La sociedad argentina aún teme formularse preguntas sobre el sexo?

Depende de la edad. Hoy, con internet y demás, tenemos acceso a la información. Antes, el doctor tenía el saber. Ahora, el paciente te discute la receta. La sexualidad siempre es un tema movilizante porque tiene que ver con la intimidad. Por más que se lo banalice, se lo ponga al lado de tomar una gaseosa, tiene que ver con la intimidad. Tiene que ver, además, con el amor, tiene que ver con la estima. Hay muchos componentes. Hablar siempre es terapéutico y hablar con los hijos porque si no le hablamos los padres le va a hablar internet, alguien le va a hablar. Tenemos que poder elegir de hablar nosotros y dar educación sexual que es mucho más que Biología, pero hoy habría una mayor apertura en poder hablar los temas.

¿Cuánto aporta a la erotización que se hace en los distintos medios?

Somos una sociedad de estímulos. Somos epidérmicos. Somos, a veces, una cultura superficial. El posmodernismo nació en los años 80, que tiene algunas cosas muy buenas a comparación con el modernismo y otras que no. ¿Cuáles son las malas? Son tres: consumismo, juntar juguetes, cuanto más juguetes tenga seré más feliz; el hedonismo; “yo tengo mi sándwich y mi copita de vino y ¡ya está!”, el placer fugaz y momentáneo, hedonismo; y el tercer veneno es el individualismo, el me salvo yo y que el otro se jorobe.

“La gente cree en Dios, pero no cree en sus instituciones”

¿Cuánto se ve amenazada la fe en este mundo lleno de incertidumbre y dónde la paz es la principal víctima?

La gente cree en Dios, pero no cree en sus instituciones. Cree en Dios, pero no en sus representantes. Yo creo que hay un viraje desde lo religioso a lo espiritual. Lo religioso, entiéndase el dogma, la pelea, las guerras y todo lo que sabemos. La espiritualidad tiene que ver con la experiencia interna, con la libertad, con el respeto, con la vivencia subjetiva de uno en su relación con Dios. Entonces, creo que está habiendo un pasaje de una espiritualidad personalizada, sin mediadores de ningún tipo, y a la vez expansiva. Es decir, que me lleva más a amar al otro, a armar empatía que tanto necesitamos. Es verdad que hay gente que cuestiona la fe, si Dios existe. Hay un aumento del agnosticismo más que del ateísmo. “No sé, yo no sé si hay alguien arriba o no”. Preguntarse está bueno. El motor de la fe es la duda, es la pregunta. Acordate que Sócrates desarrolló la Mayéutica, que es preguntar. Y preguntar es poder parir, es dar a luz nuevas ideas. Entonces, creo que hay una vuelta a lo espiritual muy grande.

¿Cómo hay que hacer para manejar las emociones, precisamente, donde todo es aciago?

Primero, reconocer lo que sentimos, conectar con la emoción. Hay una dificultad que tiene alguna gente que se llama alexitimia. ¿Qué quiere decir eso? No sé lo que siento; es más, no sé si siento. A los psicólogos nos gusta decir que el cuerpo habla lo que la boca calla. Entonces, ¿qué siento? Siento bronca, siento miedo. No negar lo que sentimos. Yo les digo a los chicos adolescentes el celular son tus emociones. Tu razón es la mano y necesitas las dos: razón y emoción. Celular solo no anda y la mano no sirve. Las dos. Entonces, dale dirección a tu emoción. Tengo miedo, perfecto. No niegues el miedo. Es como el héroe. El héroe también tiene miedo, pero se anima. Armá un plan para enfrentar a ese miedo. Entonces, darle dirección a las emociones: razón y emoción. Lo llamamos en psicología la mente sabia. Si yo solo soy un racional a la emoción la reprimís. Si yo solo soy emocional voy a ser impulsivo, pero si junto razón y emoción esa unión se llama mente sabia.